En límites con el Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete, 97 familias campesinas de San José del Guaviare luchan contra la destrucción de la selva Amazónica, talada para abrir potreros ganaderos o para el cultivo ilícito de coca. Allí aprovechan palmas nativas como el asaí para comercializar su pulpa y su jugo, y el seje para desarrollar aceites naturales para la piel. Sin embargo, aunque sus productos tienen potencial, aún necesitan financiación para preservar sus iniciativas.
La ingeniera forestal Shalom Natalia Sánchez Quintero, del
Instituto Amazónico de Investigaciones (Imani) de la Universidad Nacional de
Colombia (UNAL) Sede Amazonia, explica que estas familias provienen de regiones
como Boyacá, Santander y Cundinamarca, de donde salieron en busca de tierra y
oportunidades, y están asentadas en el Guaviare desde hace más de 50 años.
Su estudio muestra que desde 2022 la vida de esta población
dio un giro, pues algunos de ellos, que hace unos años se dedicaban
principalmente a la ganadería, están decididos a dejar de talar para ampliar
hatos ganaderos, convertir el bosque en su principal fuente de sustento y ser
pioneros en la conservación.
La iniciativa se adelanta entre la Cooperativa Multiactiva
Familias del Chiribiquete (Coomagua) y la UNAL Sede Amazonia, en el marco de un
proyecto orientado a fortalecer la forestería comunitaria, un modelo que
enriquece las capacidades de las comunidades para hacerle frente a la
deforestación con soluciones prácticas y sostenibles en el tiempo. Desde 2018
este proyecto ha sido impulsado por el Instituto Amazónico de Investigaciones
Científicas (Sinchi), la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible
y Gef Corazón de la Amazonia, entre otras instituciones.
A partir de entrevistas, recorridos por las fincas, talleres
participativos y análisis de la cadena productiva desde que se recolecta el
fruto hasta que se comercializa, la investigadora Sánchez evidenció que el asaí
(Euterpe precatoria) se ha convertido en el producto con mayor
potencial económico para estas familias del norte del Guaviare, gracias a su
posición en el mercado global.
Cada temporada de cosecha implica internarse en el bosque
para recolectar los racimos maduros y procesarlos el mismo día, pues el fruto
es altamente perecedero. La pulpa se transforma en jugos y alimentos que se
venden en el casco urbano de San José del Guaviare, generando ingresos directos
sin necesidad de ampliar potreros.
También encontró que la palma de seje (Oenocarpus bataua)
ofrece un recurso menos conocido pero estratégico: de su fruto se extrae un
aceite natural utilizado tradicionalmente para el cuidado de la piel y con
potencial en productos cosméticos y farmacéuticos.
A diferencia del asaí, su transformación no requiere
refrigeración, lo que facilita su manejo en zonas rurales con infraestructura
limitada. El estudio resalta que diversificar entre ambas especies reduce
riesgos económicos y distribuye ingresos a lo largo del año.
Un talón de Aquiles
A pesar de que los dos frutos tienen potencial económico
para las comunidades, los principales obstáculos son el acceso a mercados, el
transporte y la infraestructura para procesar mayores volúmenes de fruta. Las
trochas en mal estado y los costos logísticos reducen la rentabilidad, lo que
explica por qué en la zona esta economía sigue siendo complementaria frente a
la ganadería extensiva.
“La Cooperativa aún no tiene una planta de transformación
propia, por lo que los campesinos deben pagar a terceros para realizar este
proceso, lo que dificulta la garantía de autonomía y la obtención de mayores
ingresos con la venta de productos transformados, además de que no tienen
aliados estratégicos que comercialicen estos productos, por lo que el material
que no logra venderse ocasiona pérdidas”, señala la investigadora del Imani.
“Debido a esta limitación, en los últimos años no se ha
alcanzado el volumen de toneladas previstas, que para el asaí debía superar las
1.352 toneladas anuales y para el seje las 2.028 toneladas; además los precios
están por debajo de lo que sería rentable, ya que en Bogotá y otras ciudades la
pulpa de asaí o el aceite de seje se vende hasta dos veces más caro, pues
tienen plantas de transformación propias, segmentos de la cadena a escala
industrial, lo que facilita obtener los permisos para su comercialización de
entidades como el Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos
(Invima)”, precisa la investigadora.
Así mismo, las familias que participan activamente en el
aprovechamiento de estos frutos mantienen parches —relictos de unas pocas
hectáreas— significativos de bosque dentro de sus predios, pues de allí depende
su ingreso. La organización colectiva mejora la negociación de precios,
facilita el acceso a proyectos de apoyo institucional y fortalece la cohesión
comunitaria, especialmente con la participación de grupos de mujeres en la
transformación de los productos.
Guaviare es uno de los departamentos colombianos más
afectados por la deforestación. Según la Defensoría del Pueblo, solo en 2024
registró la pérdida de cerca de 20.000 hectáreas de bosque, especialmente por
expansión ganadera, acaparamiento de tierras y economías ilegales de grupos
como las disidencias de las FARC. Cada hectárea talada también implica la
desaparición de las palmas de asaí y seje, especies propias del bosque maduro
que no prosperan en potreros abiertos y cuya recuperación puede tardar décadas.
En ese contexto, la investigación advierte que estas
economías basadas en frutos silvestres funcionarán como un freno local a la
deforestación siempre que exista demanda por pulpa y aceite y se reconozca que
el campesinado es esencial en la conservación, y que mantener el bosque en pie
resulta más valioso que talarlo.
Sin embargo, no atender los cuellos de botella —como los
costos de transporte, las limitaciones organizativas, la ausencia de alianzas
comerciales sólidas y el procesamiento externo— limita su expansión como
alternativa económica principal.



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