Durante décadas, las familias campesinas del municipio de Pasto sostuvieron su alimentación a partir de una producción diversa que incluía maíz, tubérculos andinos, leguminosas y hortalizas. Sin embargo, desde la apertura económica de la década de 1990, esa diversidad se redujo de manera significativa. Hoy los cultivos y la dieta campesina dependen cada vez más de pocos alimentos, pero con mayor proyección comercial —principalmente papa y arroz—, lo que ha limitado la autonomía alimentaria de las familias y debilitado prácticas agrícolas tradicionales en el campo nariñense.
Esa transformación es uno de los principales hallazgos
del libro Soberanía alimentaria de los campesinos
del municipio de Pasto (Nariño, Colombia): Política agraria neoliberal y la
agroecología como resistencia, resultado de una investigación doctoral en
Agroecología adelantada en la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede
Palmira, en la cual se analizaron, durante casi tres décadas, los cambios en la
producción y el consumo de alimentos en este territorio.
El estudio se centró en cerca de 270 familias campesinas de
los corregimientos de Gualmatán —ubicado en las laderas del volcán Galeras, a
solo 7 km de Pasto—, Santa Bárbara —en la cima cordillerana del
suroriente, aproximadamente a 25 km de la cabecera municipal— y El Encano
—a 27 km al oriente de la ciudad—, todos en la zona rural del municipio,
una región históricamente reconocida por su vocación agrícola y su diversidad
alimentaria.
Para reconstruir estos cambios, la socióloga Juliana Sabogal
Aguilar, doctora en Agroecología, analizó información oficial de producción
agrícola entre 1990 y 2019 y aplicó una encuesta de 32 preguntas a familias
campesinas de los tres corregimientos, en la que indagó por sus actividades
económicas, los alimentos que consumen en el desayuno, el almuerzo y la cena,
cuáles cultivan y cuáles compran, el plato que preparan para eventos especiales
como fiestas o reuniones familiares, la fertilidad del suelo, el origen de las
semillas y la participación en programas gubernamentales durante los últimos 30
años. Además organizó espacios de diálogo colectivo con el campesinado en cada
corregimiento para identificar las principales transformaciones productivas en
sus territorios.
Qué se sembraba antes y qué se come hoy
Los resultados muestran que, con el giro hacia la apertura
económica, la producción comenzó a orientarse a pocos cultivos con valor
comercial, lo que redujo la autonomía de las familias campesinas para decidir
qué sembrar y qué comer.
En Gualmatán, varios cultivos tradicionales disminuyeron o
desaparecieron, mientras la producción se fue orientando hacia hortalizas
comerciales como zanahoria, lechuga y coliflor. En contraste, actividades que
antes formaban parte de la economía campesina cotidiana, como la producción de
leche, perdieron presencia en las fincas, reflejando un cambio en las
prioridades productivas del territorio: mientras en 1990 ocupaba al 40 %
de las familias, en años posteriores se redujo al 16 %.
También se evidenció una fuerte caída de cultivos
tradicionales como la haba y el nabo, que antes formaban parte de la producción
cotidiana de las familias campesinas. Otros cultivos como el maíz, el trigo, la
cebada, los ollucos y las ocas desaparecieron por completo del paisaje
productivo del corregimiento.
En Santa Bárbara se observó una tendencia similar hacia la
concentración productiva. Aunque en el pasado se combinaba la producción
comercial de papa y leche con alimentos para el autoconsumo como calabaza,
frijol, cebada, trigo, maíz, habas y tubérculos andinos, la apertura económica
llevó a priorizar la producción para el mercado.
El cultivo de maíz se redujo de manera drástica —de cerca de
una cuarta parte de las familias a apenas unas pocas—, y las hortalizas también
perdieron presencia en los predios campesinos. Al mismo tiempo, cultivos como
la cebada, el trigo, las ocas y la calabaza desaparecieron. En contraste, la
producción de papa aumentó y la de leche casi se duplicó, consolidándose como
las principales actividades económicas del corregimiento.
En El Encano, aunque algunas hortalizas para el autoconsumo
se mantienen en cerca del 20 % de las familias, la diversidad productiva
también disminuyó notablemente. Por ejemplo las habas se redujeron de forma
importante, mientras que cultivos como los ollucos, la arracacha y la arveja
hoy apenas están presentes en alrededor del 1 % de los hogares campesinos.
El maíz, el frijol y las ocas desaparecieron por completo.
La vereda de El Puerto fue una de las más afectadas, pues el giro hacia el
turismo —impulsado por proyectos locales— transformó la economía campesina y
llevó incluso a la desaparición de la producción de trucha.
Más allá del cambio en los cultivos, el estudio muestra una
transformación en la forma como las familias campesinas se alimentan y se
relacionan con la producción de comida. La disminución de alimentos
tradicionales y el aumento del consumo de arroz y otros productos comprados
indican una mayor dependencia del mercado y una menor capacidad de las familias
para sostener su dieta a partir de lo que producen en sus propias fincas.
En este sentido, "la soberanía alimentaria no se
refiere solo a tener alimentos disponibles, sino a la posibilidad de decidir
qué sembrar y qué comer. La reducción de la diversidad productiva limita esa
autonomía, pues la alimentación cotidiana deja de basarse en cultivos propios y
se apoya cada vez más en productos externos, lo que transforma prácticas
agrícolas, culturales y comunitarias del campesinado", anota la
investigadora.
Estos cambios también se reflejan en la merienda campesina,
un plato tradicional consumido durante las largas jornadas de trabajo agrícola,
que antes incluía papas, ollucos, ocas, habas, nabos y ají. Con la desaparición
de varios de estos cultivos, la merienda se ha simplificado y hoy suele estar
compuesta por menos alimentos, lo que evidencia la pérdida de diversidad y de
patrimonio alimentario local.
La agroecología como respuesta territorial
Frente a este escenario, el libro documenta que en el
municipio de Pasto y en distintas zonas de Nariño la agroecología se ha venido
consolidando como una alternativa impulsada por organizaciones campesinas e
indígenas para recuperar la diversidad productiva y alimentaria. Estas
iniciativas buscan reactivar el uso de semillas nativas, diversificar los
cultivos y fortalecer circuitos locales de producción y consumo.
Procesos como la Red de Guardianes de Semillas de Vida han
contribuido a la conservación de variedades tradicionales —entre ellas cerca de
20 tipos de maíz— y a la circulación de conocimientos campesinos sobre el
manejo del suelo, el agua y la biodiversidad agrícola, en respuesta a la
pérdida de cultivos tradicionales documentada en el estudio.
Más que una técnica agrícola, la agroecología aparece en la
investigación como un modo de vida campesino que articula la producción de
alimentos, la salud, la organización comunitaria y el cuidado del territorio, y
que busca reconstruir la relación entre lo que se cultiva y lo que se consume
en las familias rurales.
En este sentido, recuperar la diversidad en el campo no es
solo una cuestión productiva, sino una condición para sostener la alimentación
familiar, la autonomía campesina y la reproducción de la vida comunitaria en el
territorio.













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