La orellana (Pleurotus sp.), un hongo conocido por su uso en la cocina, se convertiría en una alternativa para transformar residuos del cultivo de arroz en el país. Una investigación logró mantener viable por más de tres meses un producto a base de este microorganismo, lo que abre la puerta a aprovechar el tamo —el residuo que queda tras la cosecha— y reducir su acumulación en zonas arroceras.
Este producto es la suma de décadas de esfuerzos
investigativos desarrollados en el Instituto de Biotecnología de la Universidad
Nacional de Colombia (IBUN) para reducir la acumulación de estos desechos en
las fincas arroceras.
Más allá de su valor gastronómico, el hongo tiene la
capacidad de descomponer materiales complejos. En esta investigación, la
bióloga Salomé Gómez Gómez, magíster en Biotecnología, se enfocó en el micelio,
una red microscópica de filamentos responsable de degradar residuos como el
tamo de arroz, que suele acumularse en grandes cantidades en el campo.
Pero encontró un problema de fondo, pues llevar ese poder al
campo implicaba trabajar con un organismo vivo, y eso cambia todas las reglas
del juego. A diferencia de un fertilizante convencional, el micelio no es un
producto inerte sino que respira, consume y se desgasta. Mantenerlo viable es,
en términos simples, como conservar algo que sigue “vivo” dentro de un envase,
lo que hace que con el tiempo pierda efectividad.
Ahí es donde entra el corazón de la investigación de la
magíster Gómez, quien no solo probó la producción a diferentes escalas, sino
también cómo evitar que el hongo se apagara antes de tiempo. Para lograrlo,
ensayó distintas combinaciones de sustancias en frascos que reproducían las
condiciones de almacenamiento del producto, con el fin de crear un entorno que
protegiera al micelio.
Entre todas una destacó con claridad: al incorporar alcohol
polivinílico al 2 % —un material usado en la industria textil y médica—,
el micelio logró mantenerse viable durante casi tres meses, cerca de un mes más
de lo que normalmente resistiría este tipo de formulación.
No son villanos
El resultado no significa que el hongo permanezca intacto,
sino algo más realista y valioso: que se deteriora más lentamente. A medida que
pasan los días su cantidad de células vivas disminuye pero no desaparecen, aún
hay micelio capaz de crecer y cumplir su función. Esto se comprobó mediante el
conteo de unidades formadoras de colonia (UFC), una forma de medir cuántos
microorganismos siguen activos, lo que sugiere que el aditivo ayuda a prolongar
su actividad biológica.
“Lo central está en que estos hongos rompen varios
componentes de la pared celular del tamo, particularmente uno llamado lignina,
que es muy difícil de degradar para otros microorganismos. Este tipo de
orellana utiliza al menos tres enzimas para realizar este proceso”, indica la
bióloga Gómez, quien contó con el apoyo del Grupo de Bioprocesos y
Bioprospección, la dirección de la profesora Nubia Moreno Sarmiento, y la
codirección de la profesora Marcela Aragón Novoa.
A esto se suma un factor silencioso pero determinante: la
temperatura. Los ensayos mostraron que, en condiciones cercanas a los
20 °C, el micelio se mantiene relativamente estable, pero al superar los
30 °C su deterioro se acelera, lo que representa un reto para su uso en
regiones cálidas como el Tolima.
Una realidad desconocida
El hongo utilizado en la investigación proviene de
aislamientos del género Pleurotus adaptados a condiciones
locales, el cual funcionaría en un bioinsumo aplicable al campo colombiano.
Esto no solo permite trabajar con un sistema cercano a la realidad productiva,
sino que además conecta directamente el desarrollo científico con una región en
donde el problema es cotidiano, ya que Tolima es uno de los principales
productores de arroz del país, y con cada cosecha se generan grandes volúmenes
de tamo que muchas veces son subutilizados, afectando la calidad del aire y
desaprovechando materia orgánica valiosa.
Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística
(DANE), de 1.976.520 toneladas de desechos de arroz que se produjeron en el
segundo semestre de 2019 en el país, 362.484 corresponden al Tolima, lo cual lo
convierte en el tercer departamento productor de este cereal en Colombia.
De dicha cantidad, 35.750 toneladas son de tamo y 3.217, de
cascarilla. Por lo general estos desechos sirven de alimento al ganado, lo que
produce metano —un gas de efecto invernadero—, y genera contaminación.
Pese a que la quema está prohibida, en muchas regiones estos
residuos se queman para despejar el terreno, una práctica que contamina el aire
y desperdicia materia orgánica que podría ser aprovechada en el suelo. En
conjunto, lo que demuestra esta investigación no es solo que el hongo puede
degradar residuos agrícolas —algo que ya se sabía—, sino que ahora se puede
mantener viable durante más tiempo, reduciendo así pérdidas económicas y
generando valor agregado para los residuos del cultivo de arroz en el país.
De hecho, como explica la investigadora, estos bioinsumos ya
se han implementado en cultivos de flores en Guasca con muy buenos resultados,
por lo que este es un paso más para reconocer la importancia de cientos de
especies de hongos que viven en el país, y que tendrían potencial para el
campo.



























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