Guayacan de Manizales, chicalá, aliso y eugenia están entre los árboles de Bogotá con mayor vulnerabilidad a la falta de agua. Incluso ante sequías moderadas podrían presentar afectaciones en su crecimiento y desarrollo y, si estas se intensifican, llegar a un punto del que sería difícil recuperarse. En contraste, falso cerezo, saúco, nogal y holly liso cuentan con mecanismos que les permiten enfrentar mejor la escasez de agua.
Los bogotanos ya vivieron los efectos de una fuerte sequía
en 2024, una de las peores de las últimas décadas, que llevó al racionamiento
de agua en toda la ciudad, mientras el sistema Chingaza alcanzaba niveles
críticos como consecuencia del fenómeno de El Niño.
Dicha historia podría volver a poner a prueba la capacidad
de la ciudad para enfrentar la falta de agua, ante las proyecciones de un nuevo
episodio de El Niño de intensidad muy fuerte hacia finales de 2026 e inicios de
2027.
Lo ocurrido en 2024 permitió observar, además, cómo
responden los árboles de la ciudad cuando disminuye considerablemente el agua
disponible. Entre julio y septiembre de ese año, meses clasificados como secos
dentro del estudio, el contenido de agua del suelo en el área analizada fue en
promedio del 17,6 %, frente al 42,6 % registrado durante los periodos húmedos.
Además, aumentó la temperatura y disminuyó la humedad relativa del aire.
El escenario de la sequía y cómo los árboles de la ciudad
pueden enfrentarse a ella fueron los puntos centrales de la investigación de
Derly Alejandra Garzón-Casallas, magíster en Ciencias Agrarias de la
Universidad Nacional de Colombia (UNAL), quien estudió 11 especies de árboles
comunes en Bogotá para establecer cómo responden a periodos de menor
disponibilidad de agua.
De cada especie se seleccionaron seis árboles adultos y
sanos ubicados en el campus de la Sede Bogotá. Durante el seguimiento,
realizado entre enero de 2024 y septiembre de 2025, se comparó su
comportamiento en periodos secos y húmedos. Las especies se escogieron por ser
representativas de la ciudad, contar con más de 20 individuos en el campus y
tener ejemplares adultos bien establecidos.
Para establecer qué tan vulnerables eran, se midieron seis
características fisiológicas y bioquímicas en sus hojas. Entre ellas, la
cantidad de agua que conservaban, la apertura de los estomas —pequeños poros
por los que la planta intercambia gases y pierde agua—, la concentración de
prolina, un aminoácido que ayuda a proteger las células, y el margen que tenían
antes de perder la presión interna que mantiene sus células firmes y
funcionales.
Además, el seguimiento incluyó sensores instalados en
diferentes puntos del campus que registraron cada diez minutos la temperatura y
la humedad del aire, mientras la cantidad de agua presente en el suelo se midió
cada 15 días alrededor de los árboles. Así fue posible comparar las respuestas
de las mismas especies bajo condiciones ambientales diferentes.
Entre las especies destaca el guayacán de Manizales, una
especie nativa de Bogotá que se recomienda para plantar en zonas con riesgo de
deslizamiento y cuya madera se aprovecha para diferentes usos en la
carpintería, por ejemplo.
Durante el periodo seco llegó a operar cerca e incluso más
allá de su límite fisiológico, una condición que, si la falta de agua se
prolonga o intensifica, podría comprometer su funcionamiento y supervivencia.
“Bajo las condiciones de nuestro estudio, este árbol es el
más vulnerable. En una sequía no tan intensa ya está teniendo efectos: puede
que empecemos a ver declinamientos en su crecimiento y desarrollo”, explica la
magíster.
La alta vulnerabilidad a la sequía que presentan estas
cuatro especies significa que, cuando el agua escasea, sus células pierden la
capacidad de mantenerse firmes y funcionales, lo que afecta procesos
fundamentales como la fotosíntesis, la asimilación de carbono y su crecimiento
normal. Los resultados muestran que estas especies trabajan con márgenes
fisiológicos más estrechos durante los periodos secos, por lo que una sequía
más prolongada o intensa podría comprometer su desempeño.
Otras especies muestran menor vulnerabilidad
La investigadora no solo evaluó aquellas especies que
podrían verse afectadas por las sequías, sino que también logró identificar las
que presentan menor vulnerabilidad. Entre ellas están el falso cerezo, el
saúco, el nogal y el holly liso, este último una especie invasora en los
humedales de la ciudad y que mostró una de las mayores capacidades para
enfrentar la falta de agua.
Tales especies no necesariamente soportan una mayor
deshidratación, sino que cuentan con mecanismos que les permiten reaccionar
antes de alcanzar niveles críticos. Entre ellos están el cierre de los estomas,
que reduce la pérdida de agua, y una mayor acumulación de prolina, un
aminoácido que actúa como protector para mantener sus células firmes y
funcionales incluso cuando el agua escasea. Esa respuesta coordinada les
permite conservar un margen de seguridad mayor antes de acercarse a sus límites
fisiológicos.
En otras palabras, mientras las especies menos vulnerables
tienden a “evitar” la sequía regulando antes la pérdida de agua, las más
vulnerables continúan funcionando a medida que disminuye la disponibilidad de
agua y terminan operando más cerca de sus límites.
El holly liso fue el que conservó el margen de seguridad más
amplio durante el periodo seco, lo que sugiere una mayor capacidad para
soportar periodos más largos o intensos de escasez de agua. Sin embargo, este
resultado no significa que deba privilegiarse su siembra en Bogotá. Al tratarse
de una especie exótica e invasora, su desempeño frente a la sequía debe
analizarse junto con los posibles efectos que puede tener sobre los
ecosistemas.
“Esta especie tiene una alta producción de semillas que
germinan más rápido que las de otras, por lo que suele desplazar a las especies
nativas”, explica la investigadora.
Aun así, el holly liso también presta servicios
ecosistémicos, por lo que su manejo no puede reducirse únicamente a retirarlo
de estos espacios.
Resultados aportarían a la planificación urbana
Los resultados pueden aportar información para la
planificación y el manejo del arbolado urbano de Bogotá, especialmente ante
escenarios de mayor variabilidad climática. La tesis plantea que conocer la
vulnerabilidad de cada especie y su capacidad de ajustar diferentes funciones
frente a la falta de agua puede orientar la selección de árboles para la
ciudad.
“Esta información la puede utilizar el Jardín Botánico de
Bogotá, el ente encargado de regular la selección y plantación de especies en
la ciudad, para tener en el radar aquellas especies con mayor capacidad de
aclimatación y prever los riesgos en las especies más vulnerables”, señala la
magíster Garzón-Casallas.
Esto no significa, sin embargo, hacer una lista de árboles
que sirven y otros que no. La selección de especies también debe considerar su
origen —si son nativas o exóticas—, sus efectos sobre los ecosistemas y su
capacidad para responder a otros factores de estrés propios de las ciudades,
como las altas temperaturas y la contaminación.
Los resultados también pueden ser útiles para quienes
conviven diariamente con estos árboles y pueden contribuir a su cuidado. “Es
para la vecina o el vecino que tiene un guayacán frente a su casa, por ejemplo,
y sepa que es una especie que tiene riesgos frente a la sequía”, concluye la
investigadora.



































