Mostrando entradas con la etiqueta chontaduro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta chontaduro. Mostrar todas las entradas

sábado, 8 de junio de 2024

En la cáscara del chontaduro habría una luz para detectar mercurio o plomo en ríos y quebradas

 Además de ser rica en pigmentos naturales que se utilizan como colorante en la industria alimentaria, la cáscara del chontaduro o cachipay también guarda los secretos para detectar metales pesados. Por primera vez se obtuvieron puntos cuánticos de carbono a partir de este fruto, que al unirlos con otros compuestos (que sirven como rastreadores) detectan en apenas 30 segundos si en los principales afluentes del país hay mercurio, plomo o arsénico, metales de elevada toxicidad.

¿Qué son los puntos cuánticos? Son el boom en química, justo el año pasado los ganadores del Nobel de Química trabajaron en ellos. En palabras sencillas, son partículas imperceptibles al ojo humano (nanopartículas) que pueden producir fluorescencia, es decir luz y color.

Entre los puntos cuánticos, los de carbono son los más amigables con el medioambiente, y aunque se obtienen de las más diversas fuentes, hay una que se roba el protagonismo: las cáscaras de las frutas, que por naturaleza tienen betacarotenos (pigmentos que les dan su color distintivo) y son un indicador de la presencia de carbono en su interior.

Esto lo sabe bien el investigador Brayan Stiven Gómez Piñeros, doctor en Química de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), quien ha trabajado en el tema desde su pregrado, y que con la guía y el apoyo de la profesora Gilma Granados, del Departamento de Química, y el grupo de Nano-inorgánica de la Universidad, estudió de los puntos cuánticos a otro nivel, acercándolos al chontaduro.

El cachipay es una fruta autóctona distribuida no solo en el Pacífico colombiano sino también en cada rincón del país, entre ellos la Amazonia, Quindío y Cundinamarca; de hecho también es común verlo en ventas callejeras, en carretas de madera, por las calles y plazas de Bogotá, y reconocer de inmediato su intenso color naranja.

En Colombia se estiman 9.580 hectáreas destinadas al cultivo de chontaduro, y muchas veces su cáscara es desechada; pero la química llegó a su rescate con el investigador Gómez, quien reunió unos 300 g en una reconocida plaza de mercado de Bogotá, que serían la materia prima para “alumbrar” los metales pesados presentes en e agua.

¡Y se hizo la luz!

La cáscara recolectada se convirtió en polvo, y en el laboratorio se usaron cerca de 10 g. Allí se subió la temperatura hasta los 200 °C durante 2 horas, en un reactor de microondas en el que se pusieron los residuos de chontaduro junto a un compuesto nitrogenado y agua; al cabo de este tiempo la solución líquida se volvió de color amarillo pálido e irradió una vistosa luz azul, que evidencia la presencia de puntos cuánticos de carbono.


Pero obtenerlos por sí solos no garantiza detectar metales pesados en el agua, y es aquí donde aparecen los aminoácidos, moléculas indispensables para la vida que forman proteínas y que actúan como un “rastreador” perfecto de mercurio, plomo o arsénico, gracias a su estructura química (grupos amino) que les permite unirse a los puntos cuánticos y a su vez buscar las sustancias; es similar a un cable USB que se puede conectar tanto al computador como al celular.

¿Y cómo se unen los aminoácidos al chontaduro transformado? En un proceso denominado acoplamiento de amida, por la unión química de la que se habló antes. En la investigación, los puntos cuánticos de carbono y su respectivo aminoácido (cisteína, histidina y fosfoserina) se dejaron por 2 horas en un recipiente, obteniendo así 3 sensores fluorescentes.

Los 3 aminoácidos no se eligieron al azar, sino por la capacidad de cada uno para buscar un metal en específico, así: la cisteína el mercurio, la histidina el plomo, y la fosfoserina el arsénico. Dichas “fusiones” se disolvieron en 1,5 ml de agua y se pusieron a prueba en un tubo de ensayo con 1,5 ml de una solución de cada uno de los metales pesados.

“La luz que producen los puntos cuánticos de carbono se apaga cuando entra en contacto con el metal que busca cada aminoácido; al agitarlos en el tubo de ensayo, los 3 metales lograron esfumar la fluorescencia de los sensores, lo que quiere decir que son capaces de detectar la presencia de estos agentes tóxicos en el agua”.

“Esta es una forma más económica y rápida de detectarlos, pues los métodos empleados hoy utilizan equipos costosos que además son difíciles de llevar al territorio y que en Colombia escasean”, asegura el investigador Gómez.

En algunos ríos del país se han detectado hasta 200 microgramos por litro (μg/L) de mercurio, plomo o arsénico. Los sensores obtenidos detectan concentraciones mínimas de 10 μg/L de estos metales, mejorando la capacidad y precisión en su identificación. Esto los convierte en una herramienta novedosa y práctica para la detección portátil, y a simple vista, de los contaminantes tóxicos en Colombia.







martes, 7 de mayo de 2024

Chontaduro rojo: su potencial nutricional no está solo en la pulpa, también lo tiene en la cáscara

 La piel (o epicarpio) que cubre y protege la pulpa de dicho fruto tradicional de la región occidental del país contiene proteínas, fibra, ácidos grasos esenciales –como omega 6 y omega 9– y provitamina A, es decir un carotenoide o pigmento natural que se transforma en vitamina A en el cuerpo. Estos hallazgos representan una oportunidad para la industria alimentaria, cosmética y farmacéutica.

Por su sabor excepcional, versatilidad gastronómica y valor nutricional, el chontaduro o cachipay (Bactris gasipaes)está arraigado en las tradiciones culinarias de algunas regiones del país. Pero, más allá de ser un alimento “prodigio”, representa un vínculo entre la tierra y las comunidades que lo cultivan, es fuente de sustento y símbolo de identidad en regiones como Cauca, Putumayo, Chocó y Valle del Cauca.

Con la pulpa se elaboran harinas, compotas, jugos, salsas y arepas, pero como más se consume es en fresco, con sal, miel, leche condensada, mantequilla, jugo de limón o vinagre.

Además, se estima que cada año se generan más de 5.000 toneladas de cáscara, que suele ser desechada, y en ella se encuentra una parte importante del valor nutricional del chontaduro, por ejemplo, es rica en provitamina A, especialmente beta-caroteno, que le da sus intensos tonos amarillos o rojos; esta representa entre el 16 y 20 % del fruto, mientras la semilla el 8 % y la pulpa entre el 72 y 76 %.

La curiosidad por estudiar el potencial nutricional del epicarpio del chontaduro motivó a Jader Martínez Girón a desarrollar sobre este tema su tesis para la Maestría en Ingeniería Agroindustrial en la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Palmira. Ahora como doctor en Ciencia y Tecnología de Alimentos, adscrito al Grupo de Investigación en Procesos Agroindustriales (GIPA) de la Institución, su interés se centró en elaborar una emulsión enriquecida como fuente de provitamina A.

“Una emulsión es encontrar un emulsificante y un método de preparación que una la fase acuosa con la oleosa hasta obtener una dispersión sin que se separen las fases, como por ejemplo el agua y el aceite, que por su naturaleza química no son solubles entre sí. Gran parte de los alimentos que consumimos están en forma de emulsión: un helado o el yogur son emulsiones lácteas, y una salchicha es una emulsión cárnica”, explica.

Deficiencia de vitamina A, un problema de salud pública

El aporte del experto radica en abordar una problemática que afecta a más de 2.000 millones de personas en el mundo, especialmente en países como Colombia, en donde el 33 % de los menores de edad en diversas regiones sufren deficiencia de vitamina A porque su alimentación no incluye zanahoria, espinaca, ahuyama, tomate, leche, pescado o hígado de res, ricos en este nutriente.

Con su trabajo, el investigador Martínez demostró que la cáscara del chontaduro rojo posee un contenido más alto de carotenoides y provitamina A que la variedad amarilla, lo que representa un hallazgo significativo y novedoso en la literatura científica.

Además, mediante la metodología de extracción asistida por homogeneización, obtuvo los carotenoides del epicarpio utilizando aceite de girasol como solvente verde, “un avance en términos de extracción sostenible con el medioambiente, ya que en los procesos tradicionales se utilizan sustancias químicas que pueden ser tóxicas y dañinas para el ecosistema”, indica.

La emulsión desarrollada aplicando tecnología emergente de ultrasonido se probó con éxito en leche de coco, una bebida natural escogida por ser un alimento representativo del Pacífico y con el interés de lograr un impacto socioeconómico en la región.

Esta reveló ser un vehículo eficaz para enriquecer esta bebida con provitamina A, abriendo la puerta a futuras aplicaciones en la industria alimentaria, cosmética y farmacéutica.

El estudio, pionero en su género, evidenció que el consumo de la leche de coco enriquecida con la emulsión puede impactar positivamente en la salud y nutrición por su contenido bioaccesible de carotenoides fuente de provitamina A. Por tanto, esta bebida enriquecida sería una alternativa de alimento en regiones vulnerables del país en donde la deficiencia de vitamina A es prevalente.

El investigador espera que este avance contribuya al desarrollo sostenible y al fortalecimiento de la seguridad alimentaria en las regiones donde se cultiva el chontaduro, para generar oportunidades económicas para los productores y promover un consumo más nutritivo y consciente.

El trabajo estuvo dirigido por el profesor Luis Eduardo Ordóñez Santos, de la UNAL Sede Palmira, y codirigido por la profesora Coralia Osorio Roa, de la UNAL Sede Bogotá.








jueves, 19 de noviembre de 2020

Cáscaras de frutas servirían para producir biocarbón

 Estudiantes de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Palmira vieron en los residuos de pitahaya, tomate de árbol, totumo y chontaduro, que regularmente son mal dispuestos, un potencial de aprovechamiento para generar un nuevo producto.

Muchas veces las industrias –sin importar su tamaño– no disponen correctamente los residuos de estos frutos de alto consumo en el Valle del Cauca, y suelen desecharlos en acueductos y otros lugares causando un impacto ambiental negativo.

En este contexto, el ingeniero agroindustrial Wilson Daniel Caicedo y la ingeniera ambiental Valentina Arias Velasco, ambos de la UNAL Sede Palmira, vieron la oportunidad de aprovechar estos residuos en la producción de otro material y reducir el impacto ambiental generado por su mala gestión.

En este caso se enfocaron en transformarlos en biocarbón por medio de pirólisis, un proceso térmico mediante el cual se descompone químicamente la materia orgánica.

“El biocarbón se utiliza como fuente de energía, por lo que ahí se estaría solucionando una segunda problemática”, explica el ingeniero Caicedo.

Normalmente las industrias utilizan estos carbones en calderas, para calentar agua o aire. Entre los procesos que se puede llevar a cabo están el secado de algún producto o la pasteurización de líquidos como jugos o leche, es decir que sirve especialmente para tratamientos térmicos.

Para llevar a cabo el proceso de transformación, lo primero que se hizo fue recoger los residuos en Palmira (Valle); algunos se compraron y otros adquirieron directamente con los vendedores de frutas.

Después las cáscaras se sometieron a un secado para luego pulverizarlas. Los polvos de cada fruto se enviaron a la Universidad Autónoma de Occidente, donde la profesora Gladis Mirian Aparicio Rojas hizo los respectivos estudios de caracterización térmica, la cual consiste en evaluar –en un rango que va hasta los 900 °C, por ejemplo– cómo es la pérdida de masa de los residuos.

A partir de los datos térmicos, los investigadores determinan hasta qué punto pueden hacer ese calentamiento y qué tanta masa se reduce.

Después de la caracterización térmica sigue el tratamiento de los datos mediante modelos matemáticos, en los que se evalúan los gráficos térmicos obtenidos para determinar si es rentable o no utilizar estos residuos

Uno de los aspectos más importantes que se observó fue la cantidad de materia que quedó después del proceso de pirólisis: entre 15 y 20 % puede ser rentable. En este caso los porcentajes estuvieron entre 18 y 30 % de biocarbón, con lo que se concluye que dichos residuos sí tienen potencial.

Por otro lado, además de este producto existe una segunda opción de aprovechamiento, la cual no se pudo desarrollar por la pandemia. Y es que a partir del biocarbón los investigadores tienen proyecciones de utilizarlo para producir carbón activado.