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martes, 17 de junio de 2025

El poder oculto en la cáscara del mangostino cuida las bacterias buenas del organismo

 El mangostino —un fruto que crece en climas cálidos como el de Mariquita (Tolima)— pasa casi desapercibido en Colombia. Lo curioso de esta fruta de cáscara morada y pulpa blanca es que lo que más pesa de ella no se come: el 70 % es cáscara, y casi siempre se desecha. Justo allí, en lo que tiramos sin pensar, una investigación encontró una posible aliada para nuestra salud intestinal. Según los hallazgos del estudio, esta parte olvidada de la fruta cuidaría las bacterias “buenas” del organismo de manera similar a los productos comerciales como la inulina

Aunque no es originario de Colombia, el mangostino, fruta tropical de los bosques húmedos del sudeste asiático, se adaptó con éxito en América, especialmente en climas cálidos y húmedos como los del Tolima. En municipios como Mariquita algunas familias campesinas lo cultivan con esmero y lo venden en fresco. Esta fruta es apreciada por tener una pulpa de sabor suave, pero pocos prestan atención a lo que queda tras comerla: una cáscara gruesa y amarga que suele terminar en la basura.

Y sin embargo justo allí estaría la clave para cuidar algo fundamental de nuestro cuerpo: la microbiota intestinal. Paula Daniela Sánchez Vega, magíster en Biotecnología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Medellín, se hizo una pregunta sencilla pero poderosa: ¿y si esa cáscara no fuera solo desecho y sirviera como alimento para las bacterias buenas que habitan en nuestro intestino?

Esas bacterias “buenas”, conocidas como probióticos, ayudan a hacer la digestión, protegen contra infecciones y fortalecen nuestras defensas. Pero, como todo ser vivo, necesitan alimentarse, y es ahí donde entran los prebióticos, que son fibras o compuestos que no digerimos nosotros, pero sí nuestras bacterias buenas; es algo así como ponerles el plato en la mesa.

La hipótesis de la investigadora es que la cáscara del mangostino actuaría como un prebiótico natural, y no solo eso, sino que sería incluso más efectiva que productos ya conocidos como la inulina, una fibra vegetal utilizada para este fin en muchas partes del mundo. El problema es que, en grandes cantidades, la inulina puede causar molestias como hinchazón o malestar estomacal.

Recordemos que la microbiota es el conjunto de microorganismos –como bacterias, hongos y otros microbios– que viven naturalmente en nuestro cuerpo, sobre todo en el intestino. Aunque suene raro, tener “bichitos” adentro es algo bueno, ya que nos ayudan a digerir los alimentos, a defendernos de enfermedades y a mantener el equilibrio en nuestro organismo. Cuidar esa microbiota es como cuidar un jardín interior: si las bacterias buenas están sanas y bien alimentadas, nuestro cuerpo también lo estará.


Para comprobar el efecto de la cáscara del mangostino, la investigadora recogió 10 kg frescos en una finca de Mariquita y los llevó a Medellín. Allí empezó un proceso muy cuidadoso: lavó las frutas, les quitó la pulpa, cortó las cáscaras en pedacitos y las deshidrató. Luego las molió hasta obtener una harina fina, como si fuera café molido.

Con esa harina preparó varios “caldos” o medios de cultivo, que son líquidos especiales donde se pueden sembrar bacterias para ver si crecen, haciendo cuatro tipos distintos: uno con glucosa (azúcar simple, como la que usamos en casa), otro con inulina (el prebiótico comercial), uno con hemicelulosa (una fibra extraída de la misma cáscara), y otro con la harina de cáscara completa.

A cada uno le agregó diferentes bacterias: tres probióticos conocidos por sus beneficios para el intestino: Lactiplantibacillus plantarum, Lacticaseibacillus paracasei y Bifidobacterium animalis, y una bacteria dañina llamada Escherichia coli, que puede causar diarrea e infecciones. La idea era sencilla: ver cuál medio ayudaba a crecer a las bacterias buenas sin favorecer a las malas.

El resultado fue sorprendente. Según la investigadora, el medio con solo cáscara de mangostino estimuló notablemente el crecimiento de las bacterias buenas, especialmente de L. plantarum, pero no permitió que se desarrollara E. coli. Es decir que la cáscara actuó de forma “inteligente”, promoviendo a las bacterias aliadas y frenando a las perjudiciales.

Para comprobar este efecto, los investigadores midieron cuántas bacterias crecían antes y después de 48 horas de cultivo. Así compararon si el crecimiento era mayor con la cáscara, con inulina o con glucosa. Además calcularon un “puntaje de actividad prebiótica”, que es una fórmula que muestra qué tan bien crecen las bacterias buenas en comparación con las malas(E. coli). Cuanto más alto sea ese puntaje, mejor será el efecto de ese alimento sobre la microbiota intestinal.

Así mismo, al fermentar estas fibras las bacterias producen ácidos como el ácido láctico, el acético y el propiónico, que ayudan a mantener sano el intestino, fortalecen las defensas y combaten la inflamación. Son como productos naturales de limpieza interna, producidos por nuestra propia microbiota cuando le damos lo que necesitan.

Pero eso no es todo, la investigadora fue más allá de simplemente observar. Usó herramientas estadísticas para encontrar la fórmula ideal, es decir cuánta cáscara usar, cuánto tiempo incubar y a qué temperatura. Determinó que con 6,41 gramos por litro de cáscara, a 39,9 °C durante 82 horas, el crecimiento de L. plantarum era óptimo. Esto es crucial si algún día se quiere llevar esta idea a una escala mayor, como producir suplementos o alimentos funcionales.

También intentó extraer un componente específico de la cáscara: la hemicelulosa, una fibra muy prometedora. Aunque la cantidad que logró recuperar fue baja, el medio preparado con ella también ayudó a crecer a otra bacteria buena: B. lactis, lo que sugiere que hay más de un camino para aprovechar la cáscara, y que vale la pena seguir investigando.








viernes, 14 de marzo de 2025

Árbol oculto en Bogotá tendría compuestos anticancerígenos

 Tiene espinas en su tronco, pelos en sus hojas y frutos diminutos que no son comestibles sino amargos y tóxicos, y además posee una gran capacidad para adaptarse al calor y la lluvia intensos; así es el árbol de frutillo o cucubos, familiar de las papas y los tomates que ha sido poco estudiado aunque contiene alrededor de 21 genes que a futuro ayudarían a producir moléculas capaces de combatir células cancerígenas e inflamación, y de proveerles una armadura natural a plantas como el lulo, ante plagas y el cambio climático.

Para entender este mecanismo, imaginemos una planta atacada por un hongo, una bacteria o un insecto, si no se protege de alguna manera no sobrevivirá. Por eso familias como las solanáceas –a la que pertenece el árbol de frutillo– producen compuestos naturales que repelen estos organismos y les permiten vivir más y adaptarse mejor. Sin embargo, algunas especies –entre ellas la papa sabanera o criolla que se consumen en el país– han ido perdiendo la capacidad de producir dichos compuestos, ya que los agricultores les han dado más importancia a las propiedades atractivas para el consumidor, como sabor y el color, entre otras.

Los compuestos en cuestión se llaman glicoalcaloides esteroidales (SGA), un nombre difícil de entender la primera vez que se lee, pero que, en palabras más sencillas, es lo que se produce en la planta al combinar azúcares presentes en su organismo con sustancias que provienen del colesterol, ¿curioso, verdad? Así, plantas, árboles y arbustos de las solanáceas que se protegen cuando son silvestres, tienen una cantidad y diversidad mayor de estos compuestos.

Con esto en mente, el investigador Pablo Andrés Pérez Mesa, doctor en Biología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), se preguntó si todas las especies de esta familia producen los compuestos, pues los estudios se han centrado en papa y tomate, pero hay cientos de especies que no han tenido la oportunidad de ser exploradas; de hecho, algunas comunidades indígenas y campesinas en Cundinamarca y Santander las usan en sus actividades diarias, por ejemplo sus hojas como jabón, ya que produce una especie de espuma.

Al indagar en estos grupos encontró que la especie Solanum stellatiglandulosum, también llamada frutillo, tiene 21 genes candidatos para producir los SGA, un hallazgo sin precedentes pues este árbol ha pasado desapercibido a los ojos de los investigadores y de los transeúntes de la Región Andina.

“En Bogotá, en el sector del Parkway y en el Jardín Botánico hay algunos individuos que resaltan por sus espinas y frutos diminutos con sabor amargo y toxicidad, pues precisamente aún conservan esta propiedad para defenderse ante plagas, lo cual los hace muy interesantes de estudiar. Incluso se evidenció que existen nuevos compuestos de esta clase con potencial en medicina y modificación genética para hacer resistentes a otras especies”, asegura el experto.

De tal palo tal astilla

El doctor en Biología, en compañía de un grupo de investigadores del grupo Tándem Max Planck de la UNAL, recopiló muestras de semillas, frutos y partes de hojas y ramas de 126 especies distintas de solanáceas, entre las que había papas, tomates, berenjenas y lulos, además de árboles, arbustos y otras plantas silvestres poco estudiadas como el árbol frutillo. Las semillas provenían de distintas regiones del país, entre ellas Cundinamarca, Boyacá, Cauca, Meta, Antioquia e incluso Amazonas y Chocó.

“Aunque a lugares como Norte de Santander y la Sierra Nevada de Santa Marta no pudimos llegar por la presencia de grupos al margen de la ley y por la pandemia de Covid-19, encontramos en total 37 especies silvestres y 17 domesticadas, grupo en el que se destacan los lulos, que tiene cerca de 10 especies pero solo se consumen 3, en parte porque hay plantas de estos géneros que se consideran como maleza y pasan desapercibidas para todo el mundo”, indica el investigador Pérez.

Los compuestos presentes en estas plantas han sido descritos en la literatura como agentes que disminuyen el crecimiento de células cancerígenas de pulmón, por lo que la investigación de árboles como el frutillo ayudaría a entender mejor estos mecanismos y su potencial uso en la industria farmacológica.

El doctor explica que las semillas recolectadas se sembraron en los invernaderos de la UNAL Sede Bogotá por alrededor de 2 años, hasta que fueron adultos, para luego analizar su genética y metabolismo. Algunas muestras se enviaron a Alemania, donde el Instituto Max Planck de Fisiología Vegetal en Potsdam tiene los instrumentos necesarios para examinar los compuestos presentes en las plantas.

Cuando las muestras regresaron, el investigador analizó si los compuestos de interés estaban presentes y en qué cantidades: “aunque la diferencia de concentraciones no es tan marcada, sí construimos la base de datos completa de cómo está compuesto el genoma de estas especies de plantas, lo cual es muy innovador y ayudaría a que sus aplicaciones sean una realidad a futuro”.

Por otro lado, también encontró que aunque los borracheros o las uchuvas forman parte de la misma familia, no producen estos compuestos. Este es un primer paso para seguir analizando qué ocurre dentro de las plantas y cómo esto ayudaría a generar especies más resistentes ante plagas y enfermedades –como la gota o antracnosis– que todos los años dejan millonarias pérdidas en frutos como el lulo, la papa y el tomate.