martes, 10 de febrero de 2026

Menos maíz, más arroz: así cambió la alimentación campesina en Pasto

 Durante décadas, las familias campesinas del municipio de Pasto sostuvieron su alimentación a partir de una producción diversa que incluía maíz, tubérculos andinos, leguminosas y hortalizas. Sin embargo, desde la apertura económica de la década de 1990, esa diversidad se redujo de manera significativa. Hoy los cultivos y la dieta campesina dependen cada vez más de pocos alimentos, pero con mayor proyección comercial —principalmente papa y arroz—, lo que ha limitado la autonomía alimentaria de las familias y debilitado prácticas agrícolas tradicionales en el campo nariñense.

Esa transformación es uno de los principales hallazgos del libro Soberanía alimentaria de los campesinos del municipio de Pasto (Nariño, Colombia): Política agraria neoliberal y la agroecología como resistencia, resultado de una investigación doctoral en Agroecología adelantada en la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Palmira, en la cual se analizaron, durante casi tres décadas, los cambios en la producción y el consumo de alimentos en este territorio.

El estudio se centró en cerca de 270 familias campesinas de los corregimientos de Gualmatán —ubicado en las laderas del volcán Galeras, a solo 7 km de Pasto—, Santa Bárbara —en la cima cordillerana del suroriente, aproximadamente a 25 km de la cabecera municipal— y El Encano —a 27 km al oriente de la ciudad—, todos en la zona rural del municipio, una región históricamente reconocida por su vocación agrícola y su diversidad alimentaria.

Para reconstruir estos cambios, la socióloga Juliana Sabogal Aguilar, doctora en Agroecología, analizó información oficial de producción agrícola entre 1990 y 2019 y aplicó una encuesta de 32 preguntas a familias campesinas de los tres corregimientos, en la que indagó por sus actividades económicas, los alimentos que consumen en el desayuno, el almuerzo y la cena, cuáles cultivan y cuáles compran, el plato que preparan para eventos especiales como fiestas o reuniones familiares, la fertilidad del suelo, el origen de las semillas y la participación en programas gubernamentales durante los últimos 30 años. Además organizó espacios de diálogo colectivo con el campesinado en cada corregimiento para identificar las principales transformaciones productivas en sus territorios.

Qué se sembraba antes y qué se come hoy

Los resultados muestran que, con el giro hacia la apertura económica, la producción comenzó a orientarse a pocos cultivos con valor comercial, lo que redujo la autonomía de las familias campesinas para decidir qué sembrar y qué comer.

En Gualmatán, varios cultivos tradicionales disminuyeron o desaparecieron, mientras la producción se fue orientando hacia hortalizas comerciales como zanahoria, lechuga y coliflor. En contraste, actividades que antes formaban parte de la economía campesina cotidiana, como la producción de leche, perdieron presencia en las fincas, reflejando un cambio en las prioridades productivas del territorio: mientras en 1990 ocupaba al 40 % de las familias, en años posteriores se redujo al 16 %.

También se evidenció una fuerte caída de cultivos tradicionales como la haba y el nabo, que antes formaban parte de la producción cotidiana de las familias campesinas. Otros cultivos como el maíz, el trigo, la cebada, los ollucos y las ocas desaparecieron por completo del paisaje productivo del corregimiento.

En Santa Bárbara se observó una tendencia similar hacia la concentración productiva. Aunque en el pasado se combinaba la producción comercial de papa y leche con alimentos para el autoconsumo como calabaza, frijol, cebada, trigo, maíz, habas y tubérculos andinos, la apertura económica llevó a priorizar la producción para el mercado.

El cultivo de maíz se redujo de manera drástica —de cerca de una cuarta parte de las familias a apenas unas pocas—, y las hortalizas también perdieron presencia en los predios campesinos. Al mismo tiempo, cultivos como la cebada, el trigo, las ocas y la calabaza desaparecieron. En contraste, la producción de papa aumentó y la de leche casi se duplicó, consolidándose como las principales actividades económicas del corregimiento.

En El Encano, aunque algunas hortalizas para el autoconsumo se mantienen en cerca del 20 % de las familias, la diversidad productiva también disminuyó notablemente. Por ejemplo las habas se redujeron de forma importante, mientras que cultivos como los ollucos, la arracacha y la arveja hoy apenas están presentes en alrededor del 1 % de los hogares campesinos.

El maíz, el frijol y las ocas desaparecieron por completo. La vereda de El Puerto fue una de las más afectadas, pues el giro hacia el turismo —impulsado por proyectos locales— transformó la economía campesina y llevó incluso a la desaparición de la producción de trucha.

Más allá del cambio en los cultivos, el estudio muestra una transformación en la forma como las familias campesinas se alimentan y se relacionan con la producción de comida. La disminución de alimentos tradicionales y el aumento del consumo de arroz y otros productos comprados indican una mayor dependencia del mercado y una menor capacidad de las familias para sostener su dieta a partir de lo que producen en sus propias fincas.

En este sentido, "la soberanía alimentaria no se refiere solo a tener alimentos disponibles, sino a la posibilidad de decidir qué sembrar y qué comer. La reducción de la diversidad productiva limita esa autonomía, pues la alimentación cotidiana deja de basarse en cultivos propios y se apoya cada vez más en productos externos, lo que transforma prácticas agrícolas, culturales y comunitarias del campesinado", anota la investigadora.

Estos cambios también se reflejan en la merienda campesina, un plato tradicional consumido durante las largas jornadas de trabajo agrícola, que antes incluía papas, ollucos, ocas, habas, nabos y ají. Con la desaparición de varios de estos cultivos, la merienda se ha simplificado y hoy suele estar compuesta por menos alimentos, lo que evidencia la pérdida de diversidad y de patrimonio alimentario local.

La agroecología como respuesta territorial

Frente a este escenario, el libro documenta que en el municipio de Pasto y en distintas zonas de Nariño la agroecología se ha venido consolidando como una alternativa impulsada por organizaciones campesinas e indígenas para recuperar la diversidad productiva y alimentaria. Estas iniciativas buscan reactivar el uso de semillas nativas, diversificar los cultivos y fortalecer circuitos locales de producción y consumo.

Procesos como la Red de Guardianes de Semillas de Vida han contribuido a la conservación de variedades tradicionales —entre ellas cerca de 20 tipos de maíz— y a la circulación de conocimientos campesinos sobre el manejo del suelo, el agua y la biodiversidad agrícola, en respuesta a la pérdida de cultivos tradicionales documentada en el estudio.

Más que una técnica agrícola, la agroecología aparece en la investigación como un modo de vida campesino que articula la producción de alimentos, la salud, la organización comunitaria y el cuidado del territorio, y que busca reconstruir la relación entre lo que se cultiva y lo que se consume en las familias rurales.

En este sentido, recuperar la diversidad en el campo no es solo una cuestión productiva, sino una condición para sostener la alimentación familiar, la autonomía campesina y la reproducción de la vida comunitaria en el territorio.





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