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lunes, 8 de septiembre de 2025

De la semilla al comedor, la UNAL impulsa una estrategia de economía circular para el bienestar estudiantil

 El aire cambia apenas se cruza el umbral de uno de los 9 invernaderos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL). Mientras afuera está el bullicio del tráfico bogotano, adentro el silencio se vuelve compañía. Entre olor a cilantro y tierra húmeda, estudiantes siembran y cosechan en el “Aula Viva”, espacio donde germina una estrategia institucional de economía circular que conecta formación, investigación y extensión con la producción de alimentos para la comunidad universitaria.

Concebida en 2022 y 2023 como respuesta a la necesidad de aprovechar estos espacios y asegurar soberanía alimentaria para miles de jóvenes, el Aula Viva trasciende hoy lo material y se reafirma como una experiencia de comunidad y memoria, gracias a la decidida gestión y compromiso de la actual administración de la UNAL. 

Así, la siembra de tomate, cebolla, lechuga y arveja forma parte de una oferta que ya no se mide en kilos sino en nutrición y cuidado de la vida universitaria. En más de 30.000 m2, la tierra se convierte en extensión del aula y cada hoja verde narra una historia de comunidad, aprendizaje y sentido de pertenencia.

“El Aula Viva no es solo un lugar para cultivar hortalizas, es un laboratorio con 9 invernaderos donde los estudiantes aprenden a sembrar conocimiento, a cosechar comunidad y a devolverle bienestar a toda la Universidad”, afirma el profesor Nicolás Duarte, de la Facultad de Ciencias Agrarias, encargado de esta estrategia de la UNAL Sede Bogotá.

Por su parte, desde la casa madre del Aula Viva de Saberes Ancestrales, Gloria Inés Muñoz, líder de la Red Intercultural de Saberes Ancestrales y Tradicionales del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (Iepri), resume el papel de la economía circular en una frase: “sembrar no es solo producir, es tejer nación”. 

Sus palabras reflejan que el proyecto no se limita a garantizar comida en los platos, sino que además asegura pertenencia, identidad, y la certeza de que cada hoja cultivada sostiene de alguna manera la vida de quienes pasan por la Universidad.

El latido colectivo del Aula Viva

Entre surcos de tomate, cebolla y arveja, la voz de Samuel Largo, estudiante auxiliar de la Facultad de Ciencias Agrarias, expresa lo que significa este espacio de comunión: “aquí dejamos de ver la agricultura como un cálculo en el tablero y la sentimos en las manos, en la espalda, en el sudor. Es en ese contacto con la tierra donde realmente entendemos lo que significa nuestra profesión”.

En el Aula Viva participa una comunidad estudiantil diversa y masiva: auxiliares, corresponsales, promotores de convivencia y jóvenes de distintos programas se suman diariamente al cuidado de los cultivos. Ellos no solo siembran y riegan, también se encargan de organizar el transporte. 
Sus palabras reflejan que el proyecto no se limita a garantizar comida en los platos, sino que además asegura pertenencia, identidad, y la certeza de que cada hoja cultivada sostiene de alguna manera la vida de quienes pasan por la Universidad.

“Aquí no solo sembramos, también acompañamos cada paso: pedimos insumos, organizamos pedidos, llevamos las canastillas y vemos cómo lo que cultivamos termina en las manos de quienes cocinan para la Universidad. Es bonito sentir que cada tarea, por pequeña que parezca, alimenta a miles de compañeros”, dice Ivonne Lee, estudiante auxiliar de la Facultad de Ciencias Agrarias.

El movimiento es constante, como una respiración colectiva que late entre los invernaderos. Unos siembran, otros riegan, algunos cargan canastillas y otros anotan pedidos, todos unidos en el mismo ciclo de vida que nunca se detiene y avanza hacia otros escenarios del campus.

De la tierra a la cocina

La vida de la huerta no termina en la cosecha. En las cocinas universitarias, manos expertas convierten esas hortalizas  en almuerzos que alimentan a miles de personas. Con mucho amor, el sonido de los cuchillos contra la tabla se mezcla con el aroma del cilantro y el hervor de las ollas. “Es como volver al campo, aunque estemos en medio de la ciudad”, menciona una de las cocineras.

Lo que comenzó como semilla en la tierra se convierte en alimento caliente en el plato, cerrando un ciclo que une a estudiantes y cocineras en la misma apuesta de bienestar.

En el Aula Viva el cuidado nutricional es el hilo que orienta cada decisión. Las hortalizas que se cultivan allí no se planean solo por la facilidad de su cultivo sino porque aportan vitaminas, fibra y frescura, indispensables en la dieta estudiantil. La entrega de tomates, cebollas, lechugas y arvejas se programa con antelación según los menús de los comedores, y los pedidos se organizan con rigurosidad: listas semanales, registros de cantidades y entregas puntuales garantizan que lo que nace de la tierra llegue sin demora al plato.

La estudiante Lee, quien experimenta el Aula Viva como un espacio donde el trabajo de la tierra se mezcla con la crianza y la vida familiar, también experimenta el ciclo de forma integral. Cada día ella revive una dinámica en la que la siembra y la comercialización forman parte de su rutina. Pero más allá de la logística, este espacio se ha convertido en un lugar donde su vida personal y laboral se entrelazan. Sus hijos caminan entre los invernaderos con naturalidad, reconocen los lotes y acompañan el quehacer de una joven soñadora.

Esa escena cotidiana revela el impacto social del proyecto. Los huertos no solo alimentan a los estudiantes, sino que además se convierten en un escenario de crianza, enseñanza y comunidad donde las nuevas generaciones aprenden a valorar la tierra como parte de su vida.

Bienestar que trasciende el aula

El profesor Helver Balaguera, director de Bienestar de la Facultad de Ciencias Agrarias, recuerda que la presencia de tantos jóvenes interesados en esta estrategia le da al proyecto un carácter colectivo que trasciende lo académico. Para muchos, trabajar en los invernaderos también es una manera de sentirse útiles, de encontrar tranquilidad y de generar vínculos más allá del aula tradicional.

La atención de los estudiantes hacia el Aula Viva es constante. Algunos llegan por compromiso institucional, pero permanecen porque descubren en la tierra un refugio contra la presión de la ciudad y una oportunidad para aportar al bienestar de toda la comunidad universitaria. Así, la siembra se convierte en un acto de solidaridad donde cada hora invertida regresa en forma de alimento compartido.

El proyecto no solo alimenta estómagos, también nutre la vida universitaria. Según el profesor Balaguera, “producir alimentos para un semejante es una labor muy noble. Nuestros estudiantes lo hacen con orgullo, se sienten identificados. Muchos confiesan que acuden a los invernaderos a descansar del ruido de la ciudad, a socializar o simplemente a sentirse en el campo sin salir del campus. El bienestar se multiplica en formas visibles e invisibles”.

Entre las manos que cultivan y cocinan también se escuchan acentos de otras latitudes. Yana, estudiante alemana de la Especialización en Diseño, recuerda que para ella fue un “shock cultural” encontrarse con estos espacios, aunque pronto ese asombro se transformó en gratitud. “Me gusta mucho el lugar porque la gente es muy amable y la comida es rica y tradicional”, afirma. Su mirada confirma que en el Aula Viva no solo se siembra alimento, sino que allí germinan hospitalidad, diversidad y un sentido de comunidad sin fronteras.

El círculo se cierra incluso con lo que parece un desecho. Los restos de hojas, tallos y raíces que no llegan a la cocina se llevan a la compostera, un espacio construido hace pocos años detrás de los invernaderos. Allí, la materia se transforma en abono y vuelve a la tierra como alimento para nuevos cultivos. Así no se pierde nada: lo que un día fue descarte se convierte en futuro, recordando que la economía circular no es solo un concepto académico sino una práctica diaria que respira en cada rincón de las aulas vivas.

El sol comienza a caer y las hojas del tomate brillan con un verde intenso. En el aire flota una calma extraña, casi rural, que contrasta con el cemento que rodea el campus. La tierra nutre, los estudiantes siembran, los cocineros transforman y los comedores alimentan. En este ciclo, la economía circular se convierte en un acto colectivo donde la Universidad cultiva no solo alimentos, sino también comunidad, memoria y bienestar.















miércoles, 17 de julio de 2024

Tilapia roja y zapallo impulsan economía en Valle del Cauca y Cesar

 Más de 300 acuicultores y pescadores han recibido formación en ciencia y tecnología para sacarles mayor provecho a sus cultivos –e incluso a los desechos– mediante la implementación de sistemas acuapónicos que combinan la crianza de peces y el cultivo de plantas, junto con pilotos de economía circular.

El proyecto integra la agroindustria, la microbiología y la producción sostenible para brindarles a las comunidades rurales vulnerables de El Paso (Cesar) y Yotoco (Valle del Cauca) oportunidades para aprender a transformar la tilapia roja y el zapallo en harina para elaborar chorizos, nuggets, salchichas y otros subproductos como fertilizantes y ensilaje para animales.

En ambas regiones, la cría controlada de peces en estanques es una actividad esencial para el desarrollo socioeconómico de las comunidades rurales, que, aunque geográficamente distantes, enfrentan desafíos comunes como acceso a recursos, escasez de infraestructura y dificultades en la prestación del servicio de energía eléctrica, que han afectado el establecimiento de sistemas productivos modernos.

Desde 2015, el Semillero de Acuicultura y Pesca de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Palmira, adscrito al grupo de investigación Ciencia, Tecnología e Innovación en Acuicultura y Pesca (ICTIAP), contribuye con las comunidades vulnerables de los dos departamentos mediante procesos de formación certificados y modelos de economía circular que son adelantados gracias a la “Alianza para el fortalecimiento del sector acuícola y pesquero de subsistencia del Valle del Cauca y Cesar (Acuapunal)”, en la que también participan las Sedes Bogotá y de La Paz.

En innovación y desarrollo tecnológico, los 4 modelos de economía circular adelantados en estas poblaciones se basan en un sistema acuapónico en el que cultivan tilapia roja, zapallo y lechuga, reutilizando y revalorando los productos (peces y hortalizas) y subproductos (materia orgánica) resultantes del proceso, ya que no solo se busca que las comunidades preparen alimentos transformados agroindustrialmente con el pescado y las hortalizas, sino que además con los residuos puedan obtener biofertilizantes y ensilajes.

Natalia López Marín, estudiante de Ingeniería Agroindustrial y participante activa del semillero, explica que “con la tilapia roja y el zapallo que sale del sistema se está haciendo harina de zapallo para preparar y fortificar nutricionalmente chorizos, nuggets, hamburguesas y salchichas Frankfurt; estamos creando un producto nutritivo y de alta calidad para enseñarles a las comunidades a hacerlo, un enfoque que además de diversificar la oferta del pescado y las hortalizas, incrementa el valor económico y la sostenibilidad de la producción”.

La elección de la tilapia roja obedece a su adaptabilidad a diversas condiciones ambientales y su importancia económica en los dos departamentos. El proyecto también incluye la producción de alimentos para peces y abono orgánico a partir de las larvas de la mosca soldado negra, esfuerzos que mejoran la productividad y calidad de los productos agrícolas.

“Precisamente el aporte del proyecto desde el campo microbiológico para alcanzar la producción sostenible en los modelos de economía circular se materializa en la evaluación, tanto de la calidad del agua en los sistemas acuapónicos como de los productos y subproductos transformados para garantizar su inocuidad y aceptación en el mercado”, informa la investigadora Elizabeth Mora, del ICTIAP.

Desarrollo sustentable con formación certificada

A la fecha, más de 300 productores piscícolas congregados enunas 150 asociaciones de acuicultores y pescadores en los dos departamentos han mejorado sus prácticas acuícolas mediante un proceso formativo con diplomados y cursos certificados por la UNAL.

La metodología integral, participativa y colaborativa de los proyectos ha involucrado a estudiantes de pregrado y maestría e investigadores de diferentes disciplinas de las Sedes Bogotá, de La Paz y Palmira en el diseño y la ejecución de las actividades formativas y la organización logística, beneficiando no solo a las comunidades sino también a los futuros profesionales del semillero en la generación de nuevo conocimiento resultado del proceso y su aplicación práctica en el campo.

Andrés Felipe Leal Muñoz, estudiante de Zootecnia, destaca que “para lograr acercarse a un acuicultor que tenga más de 65 años se debe tener disposición y empatía, y eso uno lo va aprendiendo en estos proyectos, vamos desarrollando esa capacidad de trabajar con comunidades vulnerables que a pesar de su contexto social siempre están en disposición de transmitir conocimiento y aprender”.

Gracias a su impacto en la sociedad desde 2015, el Semillero de Acuicultura y Pesca alcanzó una destacada participación en el XIII Encuentro Departamental de Semilleros de Investigación - Nodo Valle del Cauca, clasificando con un puntaje de 98 entre los 8 mejores trabajos de investigación que representaron a la UNAL Sede Palmira, logro que le permitirá avanzar al próximo evento que se celebrará en octubre en Armenia (Quindío).

Este importante proyecto de investigación ha sido dirigido por los profesores Carlos Alberto Jaramillo y José Igor Hleap, de la UNAL Sede Palmira, e Ibeth Cristina Romero Calderó y Jair Téllez de la Sede La Paz.







lunes, 15 de febrero de 2021

Economía en Sumapaz se rige por formas geográficas

 Los valles, colinas y montañas, entre otras geoformas que se crean en las superficies, marcan los espacios para actividades económicas como la agricultura, la ganadería y el turismo en la región del río Sumapaz, y también sus problemáticas.

Por ejemplo, las zonas de planicies aluviales y la geoforma de montaña se utilizan más para la agricultura, mientras que los coluviones, que son agrupaciones grandes de rocas distribuidas en cierto sector, se emplean para ganadería.

Así lo da a conocer la investigación del geógrafo Eduardo Alexis Santander, estudiante de la Maestría en Hábitat de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Bogotá, en la que también se determinó que con la importante llegada del turismo en la región, el paisaje es relevante en términos económicos. Este constituye un tercer renglón de la economía, especialmente en Pandi y Venecia (Cundinamarca), donde se han comprado terrenos para construir balnearios y otros sitios turísticos, para los cuales han sido vitales las estructuras de ladera.

Un cuarto renglón, que todavía no se ha consolidado, es el de las microcentrales eléctricas que se ha pretendido consolidar en la parte aluvial de la cuenca media (que corresponde a Cabrera y parte de Venecia) y alta del río Sumapaz, por ser las zonas con mayor potencial para estos proyectos.

Sin embargo, según el estudio, esto podría afectar el resto de la economía y tener un impacto negativo en el uso tradicional de estas tierras, ya que para construir los embalses las microcentrales propician la inundación de amplios sectores dentro de los municipios, lo cual genera un cambio en las dinámicas climáticas que afecta directamente a los pobladores y a sus vecinos inmediatos.

Así mismo la zona se afectará en términos sociales porque se rompen las dinámicas ya establecidas al tener una nueva barrera geográfica entre los habitantes, en este caso un cuerpo de agua significativo. Ellos se han negado a que el río se utilice para tales fines, por lo que dichos proyectos aún se encuentran en planteamiento.

Uno de los aspectos diferenciadores de este trabajo, dirigido por la profesora Myriam Susana Barrera Lobatón, es que –contrario a otras investigaciones– se abarcó una extensa zona de estudio (o transecto), lo que permitió tener una mirada amplia y regional que abarcó desde la cuenca media y alta del río Sumapaz (transecto San Juan de Sumapaz – Pandi), la cual es de cerca de 50 km.

Para la investigación se utilizó la metodología de eventos relacionales para el análisis del paisaje (Merap), se realizaron entrevistas semiestructuradas y ejercicios de cartografía social para que los habitantes contaran cómo percibían y vivían su realidad y territorio, y se usaron sistemas de información geográfico.

Conflicto armado y papel de la mujer

Por otra parte, la investigación identificó un corredor estratégico que atraviesa el río Sumapaz, conectando a Huila, Meta y Cundinamarca, el cual formaba parte de la idea de las FARC de tomarse el poder a través de las armas llegando a la capital del país.

Esto dejó una serie de secuelas dentro de los pobladores: “la llegada del Ejército dinamitó esas relaciones sociales, porque hubo mucha estigmatización de parte y parte”, señala el investigador.

En cuanto a las mujeres, en las Zonas de Reserva Campesina (ZRC) de Cabrera y San Juan de Sumapaz se evidenció una preponderancia en su papel como lideresas frente a ciertos factores sociales.

Para llevar a cabo este trabajo, los investigadores identificaron tres eventos importantes: el primero, en 2001, fue la instalación del Batallón de Alta Montaña no. 1 en la vereda Las Águilas, dentro del municipio de Cabrera, lo cual transformó las formas de habitar de la población civil en la región.

El segundo fue la consolidación de la frontera agrícola, en disputa durante cerca de ocho años entre entidades gubernamentales y los pobladores del sector. En 2018, esta se estableció a través de los límites dados por el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt.


 El tercer elemento fue la intención de multinacionales hidroenergéticas de construir microcentrales eléctricas en el caudal del río Sumapaz para generar energía eléctrica, lo cual transformó las dinámicas sociales y de hábitat de la región.

Para el geógrafo Santander, “estas investigaciones nos dan una visión más completa de cómo se ven las realidades dentro de cierta región; en época de pandemia esto ayuda a entender cómo están las regiones, con el ánimo de ir mejorando cada vez más las condiciones de hábitat de las personas”.