En huertas, jardines y caminos de cuatro municipios de Santander sobreviven cientos de plantas a las que sus habitantes siguen recurriendo para aliviar dolencias, preparar infusiones o conservar prácticas aprendidas de padres y abuelos. Un inventario realizado en la zona norte de la Serranía de Los Yariguíes documentó 365 especies medicinales y 2.830 usos tradicionales, desde los más cotidianos hasta prácticas en las que la relación entre la planta y la curación está mediada por creencias populares.
Detrás de ese inventario está el ingeniero forestal Daniel
Mauricio Díaz-Rueda, magíster en Ciencias - Biología de la Universidad Nacional
de Colombia (UNAL), quien llegó a la Serranía de Los Yariguíes no como quien
descubre un territorio desconocido, sino como quien regresa a una tierra que
conoce desde hace años. Nació en Barrancabermeja, sus raíces familiares están
en Zapatoca y desde hace unos 15 años estudia la flora de esta zona del
departamento.
Ese vínculo personal terminó convertido en su tesis de
maestría en Ciencias - Biología de la UNAL, dirigida por Lauren Raz y Diego
Giraldo-Cañas, profesores del Instituto de Ciencias Naturales. Entre 2022 y
2024 recorrió los municipios de Betulia, Galán, San Vicente de Chucurí y
Zapatoca, donde entrevistó a 76 habitantes de zonas rurales y urbanas para
conocer qué plantas utilizan, cómo las preparan y para qué dolencias recurren a
ellas.
“Los trabajos sobre etnobotánica en Santander han sido muy
pocos, y en esta región particular aún menos. No teníamos un antecedente con el
cual comparar, lo más parecido eran las crónicas sueltas de viajeros del siglo
XIX, como la de un explorador que en 1836 describió, de paso, las labranzas de
maíz, yuca y caña que encontró en territorio yariguí”, explica el investigador
Díaz.
Una comunidad borrada del mapa
El nombre de la serranía viene de los yariguíes, una de las
comunidades indígenas que habitaron este territorio junto con los guanes. Hoy
ambas están extintas.
“Surgieron dos etapas de exterminio. La primera durante la
conquista y la segunda cuando se establecieron empresas petroleras en la región
del Magdalena Medio, a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Esa fue la
etapa final y terminaron de arrasar con las comunidades yariguíes que
quedaban”, indica.
A la desaparición de los yariguíes se sumó un profundo
olvido cultural. Durante años poco se habló de ellos, hasta quedar
prácticamente borrados del mapa. Por eso el investigador quiso rastrear si algo
de su lengua permanecía en las 727 formas en que la gente nombra hoy sus
plantas medicinales. Revisó dos diccionarios antiguos de vocablos
tradicionales, en busca de palabras relacionadas con árboles, cultivos o
cualquier elemento vegetal.
La búsqueda no arrojó rastros de vocablos yariguíes, y
tampoco las personas entrevistadas hicieron referencia a ellos. “Eso nos
muestra que ya se ha perdido, por lo menos, la forma de llamar la planta. Si no
sabemos cómo la llamaban, mucho menos sabemos qué se perdió con ese nombre”,
expresa.
La búsqueda de esos rastros hizo parte de un estudio que
tuvo un origen muy concreto. Un colectivo de 30 mujeres de la región,
interesadas en elaborar productos con plantas medicinales, quería conocer qué
otras especies existían además de las que ya utilizaban. A partir de ellas,
Díaz amplió la muestra mediante la técnica de “bola de nieve”: cada persona
entrevistada recomendaba a otra que también supiera de “maticas”, hasta llegar
a 46 participantes más y completar un total de 76.
Cada “matica” mencionada se convertía, además, en una
muestra botánica: una ramita con flores o frutos que Díaz-Rueda secaba y
llevaba al Herbario Nacional Colombiano (COL) de la UNAL para compararla con
ejemplares de referencia, consultar literatura especializada y verificar su
identificación con especialistas en diferentes grupos de plantas.
Escuchar estos saberes también convirtió al investigador en
traductor entre dos lenguajes. “Me encontraba con términos coloquiales muy
pintorescos, como la descuajadura. Yo preguntaba: ¿pero qué es? Y me
explicaban: es cuando el niño se cae, le da diarrea y queda pálido, como
desnutrido”. Su tarea era relacionar esas expresiones populares con los
términos científicos o médicos correspondientes.
El limón, el rey de las 88 formas de uso
Del inventario final, 193 especies (53 %) son nativas y 171
(47 %) son originarias de otras regiones del mundo, pero con el tiempo fueron
incorporadas a los huertos santandereanos, entre ellas el romero, el tomillo,
la albahaca y la sábila. La familia con mayor número de especies fue
Asteraceae, con 32, seguida de Lamiaceae y Fabaceae.
Pero ninguna planta acumuló tantos usos como el limón. “Fue
la especie con más usos que logramos documentar, con cerca de 88. Le sigue la
caña de azúcar, con 81”. Entre las preparaciones registradas aparecen desde
aguas para aliviar molestias digestivas hasta gotas de zumo diluido que algunas
personas utilizan para limpiar los ojos.
“La mayoría de los trabajos que se han hecho en la zona
andina en Colombia documentaban máximo unas 200; documentamos 365”, explica el
magíster de la UNAL, quien destaca que el inventario fue posible gracias al
conocimiento compartido por las personas entrevistadas.
Entre las nativas, una de las que llamó especialmente su
atención fue el bálsamo o bálsamo tranquilo (Peperomia foliosa), una
pequeña hierba para la cual no encontró estudios químicos. “Vamos a empezar a
estudiar qué compuestos activos tiene con colegas del Departamento de Farmacia
de la UNAL, porque es una de las nativas con más usos y queremos saber por qué
funciona”.
Cuando la planta cura sin tocar el cuerpo
El inventario también llevó a Díaz-Rueda a proponer una
distinción entre las diferentes maneras de utilizar estas plantas. Llama
“psicosomáticos” a los usos en los que existe contacto con el cuerpo, como
tomarse una infusión, hacerse un baño o aplicarse un ungüento. A otros los
denomina “psicomágicos”, pues la planta no entra en contacto directo con la
persona, aunque las comunidades le atribuyen efectos sobre determinadas
dolencias.
Con respecto a las hernias encontró que para curar aquellas
que son umbilicales o inguinales hay una práctica tradicional que consiste en
poner el pie sobre un árbol, marcar el contorno, retirarlo y luego quitar ese
pedazo de corteza. “La creencia es que cuando se cicatriza la herida del árbol,
se le cierra la hernia a la persona”.
Además, documentó prácticas relacionadas con otras
dolencias; por ejemplo, “para una persona con problemas de azúcar en la sangre,
cortan una caña de azúcar, le quitan las hojas y la meten debajo de la cama de
quien tiene la dolencia; y para el insomnio las dormideras —unas plantas que
cierran sus hojas al tocarlas— se cortan y se meten debajo de la almohada”.
Aunque el 53 % de las personas entrevistadas considera que
estos conocimientos se están perdiendo, el trabajo también encontró señales de
su permanencia y transmisión entre generaciones. “Una de las entrevistadas
decía que la pandemia fue como un antes y un después, porque la gente volvió a
buscar sanación con las plantas, y pese a todo, una gran parte sigue
transmitiéndole estos saberes a sus hijos”.
Parte de ese conocimiento quedó reunido en una cartilla
ilustrada con las 65 especies más utilizadas en la región, acompañadas de
fotografías y descripciones. El material fue entregado a las personas que
participaron en el proyecto y a bibliotecas locales.










