jueves, 23 de octubre de 2025

Genética de la yuca amazónica guarda la huella cultural de los pueblos indígenas

 En los resguardos Andoque de Aduche y Villa Azul (Caquetá), La Fuga (Guaviare) y el cabildo Tikuna de Leticia (Amazonas), un análisis genético de 126 cultivares de yuca reveló que las diferencias en su ADN no dependen del territorio ni del grupo indígena sino de los usos y las prácticas culturales transmitidas por generaciones. En la Amazonía, la cultura ha sido tan determinante como la naturaleza en la evolución del cultivo más emblemático de la selva.

Esta raíz, cultivada en los 32 departamentos de Colombia y base de la dieta de millones de personas, sostiene la seguridad alimentaria de comunidades campesinas e indígenas que la siembran, transforman y conservan desde tiempos ancestrales. Resistente a los suelos pobres y a las sequías, la yuca ha sido reconocida por la FAO como uno de los cultivos estratégicos frente al cambio climático.

En la Amazonia el tubérculo significa abundancia y continuidad de la vida, y cada familia cuida sus propias variedades en la chagra. Allí nace la investigación del biólogo Andrés David Jiménez Maldonado, magíster en Ciencias – Biología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), interesado en comprender cómo el conocimiento tradicional –transmitido entre abuelas chagreras y sabedores– moldea la diversidad de un cultivo que también sostiene la identidad y la espiritualidad.

La investigación unió el trabajo científico con los conocimientos tradicionales de las comunidades. Durante varios meses, el biólogo recorrió el resguardo Andoque de Aduche, en Araracuara (Caquetá); Villa Azul, en Solano (Caquetá); La Fuga, en Calamar (Guaviare); y el cabildo indígena Tikuna, en Leticia (Amazonas), con cuyos habitantes construyó una metodología participativa que combinó entrevistas, observación y trabajo comunitario.

En las malokas conversó con los sabedores, guardianes de la historia y la medicina del territorio, y en las chagras compartió el trabajo diario con las mujeres, quienes le explicaron cómo identifican cada tipo de yuca por su textura, color o sabor, y cómo el uso que se le da determina su valor cultural.

Huella medible en los genes de la yuca

El investigador tomó pequeñas muestras de hoja de cada una de las 126 variedades, que luego analizó en el laboratorio del grupo Manihot Biotech de la UNAL, en donde extrajo el material genético para buscar sus diferencias internas.

Como en Colombia aún no existe la infraestructura para procesar miles de fragmentos genéticos al mismo tiempo, las muestras se enviaron a un laboratorio internacional especializado en genotipificación por secuenciación, técnica que permite identificar miles de pequeñas variaciones en el ADN y determinar qué tan emparentadas están unas plantas con otras.

El resultado fue un mapa con más de 47.000 diferencias genéticas en los 18 cromosomas de la planta. Al cruzar esos datos con la información recogida en los resguardos, el patrón fue claro: las plantas no se agrupan por la región ni por el pueblo que las cultiva, sino por los usos que las comunidades les dan.

Así, las variedades amarillas se emplean para elaborar fariña, alimento básico que acompaña casi todas las comidas; las blancas se destinan a la obtención de almidón, usado para preparar panes, casabes o tortillas y otros alimentos que se comparten en reuniones familiares; las dulces se consumen recién cosechadas; y las de manicuera tienen un valor simbólico y espiritual, pues se emplean en bebidas y rituales que evocan el origen de la humanidad según las narraciones indígenas.

Lo más revelador fue que estas agrupaciones coincidieron con los resultados de laboratorio. “La estructura genética de las plantas mostró el mismo patrón que la clasificación cultural, es decir que las yucas de un mismo uso compartían mayor similitud genética entre sí, aunque crecieran en regiones distantes o pertenecieran a pueblos diferentes”, destaca el magíster.

Esa significativa correspondencia entre el ADN y el conocimiento etnobotánico confirmó que las prácticas agrícolas y los intercambios entre familias han modelado la evolución del cultivo tanto como los factores naturales; en otras palabras, la cultura dejó una huella medible en los genes de la yuca.

Donde empezó la diversidad

El estudio permitió reconocer el papel de los cultivares de origen, es decir las variedades que, según las narraciones indígenas, fueron entregadas por el creador a los primeros pueblos. Estas plantas son consideradas como semillas fundacionales y guardianas de la identidad cultural. Además, los análisis genéticos mostraron que son las que presentan mayor distancia genética frente al resto de las muestras, lo que las convierte en un reservorio de diversidad única dentro del conjunto amazónico.

Para las comunidades, conservar estas yucas equivale a proteger su historia, pues ellas representan no solo la base de la alimentación, sino también la continuidad espiritual de los pueblos. “Los cultivares de origen son los que se cuidan con más esmero, los que no se intercambian fácilmente, y los que se siembran siguiendo las normas tradicionales de cada etnia. Su preservación depende de la transmisión oral de conocimientos, de la lengua y de la práctica cotidiana en la chagra”, relata el investigador.

Así mismo, mostró que los intercambios de estacas y semillas en celebraciones, matrimonios o trueques comunales han sido una fuente decisiva de diversidad. Las mujeres que migran por matrimonio suelen llevar consigo sus cultivares, lo que ha permitido que dos yucas sembradas a cientos de kilómetros puedan ser hermanas genéticamente, un reflejo del vínculo entre cultura, territorio y evolución.

De igual manera, el investigador evidenció que los procesos de intercambio, experimentación y selección cultural son tan determinantes como la adaptación ecológica. “Comprender esta relación es esencial para proteger tanto la biodiversidad como los sistemas de conocimiento que la sostienen”, señala el biólogo Jiménez.

También advierte que “la pérdida de lengua y de costumbres tradicionales amenaza directamente esa diversidad, porque en cada palabra y en cada práctica está codificado el conocimiento sobre las plantas. Si las nuevas generaciones dejan de aprender su idioma y su historia, se perderán no solo las semillas sino también la memoria genética y cultural que ellas representan”.









miércoles, 1 de octubre de 2025

Modelo climático anticipa las enfermedades que atacan los cultivos de arroz en Meta y Casanare

 El arroz, base de la dieta colombiana, enfrenta un enemigo silencioso: el añublo de la panícula, una enfermedad que vacía las espigas y amenaza la seguridad alimentaria. En Meta y Casanare, un modelo pionero basado en datos climáticos y aprendizaje de máquina anticipa los brotes mostrando que con variaciones casi imperceptibles de temperatura el riesgo se puede disparar hasta en un 90 %. La herramienta busca convertir la prevención en el mejor aliado de los productores.

Lo novedoso de este hallazgo no está en identificar el añublo de la panícula, sino en demostrar cuáles son las regiones más vulnerables y en qué condiciones exactas se disparan los brotes. El modelo, elaborado por la investigadora Deidy Viviana Rodríguez Almonacid, magíster en Meteorología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), actúa como un “mapa de riesgo” que combina información histórica del clima con registros recientes de infecciones en el arroz, y ofrece una radiografía precisa de cómo las variables atmosféricas pueden intensificar o frenar la propagación de estas enfermedades.

En Colombia los cultivos de arroz enfrentan más de 13 enfermedades, pero cada región tiene su propio enemigo principal. Por ejemplo en los Llanos Orientales una de las mayores amenazas es el añublo de la panícula, causado por el hongo Pyricularia oryzae, que ataca la espiga justo en la etapa reproductiva, cuando los granos deberían llenarse: la panícula (parte alta de la planta) se mancha, sus tejidos mueren y los granos terminan deformes o vacíos.

Otras enfermedades que predominan en el país son el mal del pie, que pudre la base de la planta y la tumba; el escaldado de la hoja, que deja manchas alargadas hasta secar el follaje impidiendo que la planta realice fotosíntesis; el añublo bacteriano –causado por Burkholderia glumae– que deforma los granos, y la mancha café de la vaina, que debilita la espiga antes de madurar.

Hoy muchos agricultores aplican fungicidas “a ojo” sin tener claro cuál enfermedad amenaza realmente sus cultivos. Esta práctica encarece la producción, pues se usan más químicos de los necesarios, y además impacta el medioambiente al acumular residuos en el suelo y alterar sus nutrientes a largo plazo, y no siempre resulta efectiva.

Frente a este problema, el modelo desarrollado plantea usar el clima como brújula para generar un mapa en el que cada región identifica su propio enemigo y puede anticipar la batalla, aunque todas dependen del mismo grano para subsistir.

Para llegar a estas conclusiones, la investigadora Rodríguez analizó datos climáticos entre 1970 y 2019, tomados de estaciones del Ideam y bases de datos globales estimadas, y los cruzó con registros de monitoreo de enfermedades del arroz entre 2012 y 2019 en parcelas comerciales de la Federación Nacional de Arroceros (Fedearroz) que forman parte del programa de monitoreo fitosanitario de dicho gremio.

El trabajo se adelantó junto con Fedearroz, entidad que monitorea los cultivos en todo el país y que ya desarrolla una plataforma para que los agricultores consulten la dinámica anual del sector.

En un futuro cercano, un arrocero podría recibir en su celular un aviso similar al pronóstico del tiempo: “su cultivo está en floración y la próxima semana habrá alta humedad y nubosidad, con alto riesgo de añublo de la panícula”. Ese es el objetivo de la investigadora Rodríguez, “generar alertas que permitan tomar decisiones a tiempo y aplicar medidas solo cuando sean necesarias”.

Cambio climático multiplica el riesgo del arroz

El arroz no solo enfrenta plagas y hongos, sino también los efectos del cambio climático. En 2024 el calentamiento global sobrepasó los 1,5 °C, un aumento histórico y preocupante según el Servicio Climático de la Unión Europea.

Según determinó la investigadora, el aumento de apenas un grado en la temperatura puede disparar hasta en un 90 % el riesgo de brotes en Meta y Casanare, las regiones más vulnerables a esta dinámica. Además, fenómenos como El Niño y La Niña modifican la humedad y las lluvias, lo que abre la puerta a enfermedades en zonas donde antes no existían. Así, lo que hoy preocupa en los Llanos mañana podría extenderse al Tolima o al Caribe.

En Colombia las lluvias varían de manera drástica: en los Llanos Orientales pueden superar los 3.000 milímetros anuales, mientras que en algunas zonas del Caribe rara vez alcanzan los 1.000 milímetros anuales. Esa diferencia condiciona el comportamiento de las enfermedades; la humedad constante de Meta y Casanare, por ejemplo, favorece el añublo de la panícula. Por eso el sistema de alertas no funciona como un calendario rígido, sino como una herramienta adaptable que se puede integrar con datos en tiempo real de estaciones meteorológicas y satélites para informar de manera precisa a los productores.

La investigación fue dirigida por los profesores Eliécer David Díaz Almanza, del Departamento de Geociencias, y Joaquín Guillermo Ramírez, de la Facultad de Ciencias Agrarias y se adelantó con el Laboratorio de Computación y Análisis Epidemiológico de la UNAL y un convenio con Fedearroz para apoyo técnico. Con esto se busca iniciar un mejor plan de manejo y prevención de enfermedades en los cultivos de arroz de Colombia.






sábado, 13 de septiembre de 2025

De la criolla a la pastusa: 22 variedades de papa mejoradas por la UNAL

 La papa es el tercer alimento más consumido en el mundo, y en Colombia es además el soporte vital de 350.000 empleos. Detrás de su historia reciente está la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), que desde 1988 ha creado 22 nuevas variedades, entre ellas la pastusa suprema, que revolucionó el cultivo al resistir la gota y reducir en 50 % el uso de fungicidas.

Desde los fríos páramos de Boyacá hasta las empinadas laderas de Nariño, durante siglos la papa ha acompañado a campesinos, cocineros y familias enteras, convirtiéndose en parte esencial de la identidad nacional.

Después del arroz y el trigo la papa es el tercer alimento más importante del mundo, y en Colombia tiene un papel que va mucho más allá de lo económico: genera alrededor de 350.000 empleos directos e indirectos, más de 100.000 familias productoras dependen de este cultivo, y hoy se cosechan más de 2,5 millones de toneladas al año, según el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA).

Aunque en los mercados y supermercados solemos ver apenas tres o cuatro variedades –pastusa, criolla o sabanera–, la realidad es que en el país se han identificado hasta 850 tipos diferentes de papa, una biodiversidad que sorprende incluso a expertos internacionales. Algunas son redondas y pequeñas como canicas doradas; otras alargadas y de piel rojiza; unas sirven para espesar caldos, otras para freír sin absorber aceite, y varias guardan en su interior colores inesperados: morados, rosados o amarillos intensos.

Antes de la década de 1970 Colombia ya había desarrollado variedades mejoradas, y desde 1988 la UNAL ha contribuido con 22 nuevas, entre ellas 13 de papa criolla, de la cual la Institución ha aportado el 72,2 % de su desarrollo. Uno de los ejemplos más significativos es la papa parda pastusa, probablemente la variedad más reconocida.

El profesor Carlos Eduardo Ñústez López, de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNAL Sede Bogotá, lleva décadas trabajando en el tema y recuerda que “la parda pastusa fue la primera variedad mejorada en Colombia, en 1955, convirtiéndose en un ícono y un paradigma. Con el paso de los años, especialmente entre 1955 y 2005, comenzó a perder tamaño, lo que hizo necesario un relevo genético”.

“Por ser una variedad con casi 60 años en el mercado, empezó a desadaptarse a los cambios de clima: antes se podía sembrar en la Sabana de Bogotá, pero luego quedó restringida a las zonas más altas de la cordillera; aunque mucha gente cree que aún consume pastusa, en realidad esta ha cambiado mucho”.

El investigador recalca además el aporte del ICA, con variedades como ICA Puracé, desarrollada en 1972 y cultivada en pequeñas áreas de Antioquia (en Boyacá y Cundinamarca ya no se encuentra),

o ICA Nevada, exclusiva del territorio antioqueño, con un nicho de mercado muy específico y adaptada a altitudes cercanas a los 2.100 msnm.

“El inicio del mejoramiento genético de papas en la Facultad de Ciencias Agrarias empezó en 1988 con el profesor Nelson Estrada Ramos, y en 1995 se firmó un convenio con el ICA y la Federación Colombiana de Productores de Papa para trabajar en este tema”, indica el experto Ñústez.

Ya en 2023, la UNAL –junto con Fedepapa y el Fondo Nacional de Fomento de la Papa– impulsó la creación de parcelas semicomerciales en municipios como Toca (Boyacá), en 4 fincas con 3 variedades insignia: Bachué (en honor a los muiscas), reconocida por su excelente fritura; Villa (por el municipio de Villapinzón), destacada por su resistencia a sequías; y Jacky (dedicada a la esposa del profesor Ñústez), con un gran potencial de rendimiento.

“Actualmente tenemos 38 parcelas en el país. Estamos en fase de desarrollo de semillas”, añade.

De la resistencia a la gota al rescate del patrimonio papero

Otra variedad fundamental trabajada por la Universidad es la Pastusa Suprema, que ha demostrado resistencia a la enfermedad de la gota gracias a un cruce con una variedad mexicana. “Esta papa cambió completamente el panorama del cultivo, porque en 2009 ya ocupaba 46.000 hectáreas, con el 34,3 % de toda el área sembrada del país”, señala el profesor Ñústez.

Esta innovación permitió reducir hasta en un 50 % el uso de fungicidas contra la gota (capaz de arrasar cultivos enteros en pocos días) y amplió el rango de siembra en el país, al tiempo que aumentó la productividad y la rentabilidad frente a otras variedades.

Para entender la magnitud de esta riqueza basta con viajar a Boyacá, en donde se han registrado más de 18 variedades que aún circulan en ferias y plazas locales. Allí, en pueblos como Toca o Ventaquemada, las abuelas siguen distinguiendo las papas no por un nombre científico sino por su función en la cocina. La papa criolla, por ejemplo, es tan valorada que recientemente fue destacada como una de las mejores del mundo por el ranking internacional Taste Atlas.

“La variedad Betina, adoptada en Boyacá, también es un buen ejemplo del trabajo de la Universidad, pues muestra buena resistencia al estrés hídrico; o la Esmeralda, que además tiene una forma y un color muy atractivos”, comenta el profesor.

El proceso de mejoramiento genético no ocurre en un laboratorio aislado: los campesinos participan activamente en la elección y validación de nuevas variedades. Ellos prueban la semilla en sus parcelas, observan si realmente rinde más, si resiste enfermedades, y sobre todo si la gente la acepta en la cocina. Gracias a ese trabajo conjunto, entre 2003 y 2005 se liberaron 6 variedades tetraploides –como Esmeralda, Rubí y Punto Azul– que rápidamente fueron adoptadas por los agricultores, pues asegura cosechas más estables y rentables.

El mejoramiento genético de la papa consiste en cruzar variedades con cualidades distintas, por ejemplo una de buen sabor con otra resistente a enfermedades, y seleccionar, tras varias pruebas en campo y laboratorio, aquellas plantas “hijas” que combinan lo mejor de ambas.

“Uno de los grandes retos es la variedad Diacol Capiro, que tiene gran sensibilidad a la enfermedad de la gota, pues fue desarrollada en 1961. Por eso es fundamental el relevo genético. Es necesario que estos procesos no se bloqueen, porque son para beneficio de los cultivadores, los paperos y los consumidores”, advierte el profesor Ñústez, quien presentó su conferencia en Agroexpo 2025.

Más allá de lo económico hay un componente cultural y simbólico que no se puede ignorar: cada papa lleva consigo una memoria agrícola. Al rescatar germoplasma nativo, es decir material genético de variedades locales, los investigadores también están protegiendo un patrimonio que pertenece a todos. Perder una variedad de papa significa no solo dejar de comerla, sino borrar siglos de adaptación, conocimiento campesino y biodiversidad andina.



 




miércoles, 10 de septiembre de 2025

Prueba detecta en menos de 10 días hongos que arrasan con cultivos de aguacate y cacao

 El aguacate y el cacao, dos productos emblemáticos en la mesa de los colombianos, enfrentan hongos capaces de destruir hasta el 80 % de un cultivo. El problema es que los productores suelen detectarlos solo dos o tres meses después de la infección, cuando ya es casi imposible salvar las plantas. Ahora, el desarrollo de una prueba molecular permite identificarlos entre 7 y 9 días, lo que abre la puerta a un control más temprano y efectivo de enfermedades como el machete y la muerte regresiva.

En Colombia el aguacate y el cacao no son solo productos de alto consumo, sino también motores de la economía agrícola. Según el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), en 2023 se sembraron 33.500 hectáreas de aguacate, con una producción cercana a las 150.000 toneladas al año y la generación de al menos 54.000 empleos directos e indirectos. Por su parte el cacao alcanzó en 2021 una producción récord de 69.040 toneladas, según la Federación Nacional de Cacaoteros, lo que representó un crecimiento del 8,9 % frente a 2020.

Aunque el aguacate y el cacao deleitan a miles de colombianos, ya sea en un guacamole para acompañar las comidas o en una taza de chocolate caliente en la mañana o la tarde, su producción enfrenta una amenaza silenciosa: los hongos Lasiodiplodia y Ceratocystis, causantes de la enfermedad del machete y de la muerte regresiva respectivamente. Dichos microorganismos ingresan por el tallo, se expanden por el interior de la planta y permanecen ocultos durante semanas; desde afuera todo parece normal, pero por dentro los árboles ya están condenados.

El problema es que cuando los síntomas finalmente aparecen –árboles débiles y marchitos– la enfermedad ya está muy avanzada. En ese momento el árbol se pierde y no hay mucho por hacer. Para los productores esto significa perder tiempo, dinero y esfuerzo, pues un cultivo que luce sano puede estar lleno de plantas infectadas sin que nadie lo advierta.

La buena noticia es que la ciencia colombiana encontró una forma de adelantarse a estos hongos que golpean con fuerza en departamentos como Antioquia, Santander y Arauca. La investigadora Laura Valentina Laverde Arias, magíster en Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), desarrolló una prueba capaz de detectar su presencia apenas una semana después de que entran en la planta. “La diferencia es enorme, pues ya no es necesario esperar meses para ver los síntomas, sino que ahora se puede identificar a tiempo y evitar que la enfermedad se propague”, explica la investigadora.

Señala además que “uno de los mayores riesgos de infección está en el proceso de injertación, en el cual se toma una parte pequeña de la planta para trasplantarla a otro cultivo, según las propiedades genéticas de interés para los productores, como por ejemplo resistencia a enfermedades o a condiciones extremas, entre otras”.

“Uno de los encargados de propagar el mal del machete es un pequeño escarabajo de la especie Xyleborus ferrugineus, que se introduce en los tallos de las plantas enfermas y dispersa las  esporas del hongo; por eso los productores aplican insecticidas para evitar que el problema se propague, pero desconocen el impacto sobre este y otros insecto cruciales para el ecosistema, pues son los encargados de mejorar los nutrientes en el suelo y las condiciones para que crezcan las plantas”.

Con esta nueva herramienta los viveros y productores podrán revisar sus plántulas antes de enviarlas al campo, reduciendo así el riesgo de transportar plantas aparentemente sanas que en realidad ya llevan la enfermedad por dentro. El beneficio no solo es técnico, sino que puede representar ahorros significativos y mayor seguridad para quienes dependen de estos cultivos.

Detectar a tiempo para salvar cultivos y economías rurales

Con el apoyo de la profesora de la UNAL Adriana González Almario, y de la investigadora Yeirme Jaimes, doctora de la Corporación Colombiana de Investigación Agropecuaria (Agrosavia), la magíster Laverde trabajó con muestras de hongos recolectadas en más de 10 fincas de Santander, Antioquia, Huila, Norte de Santander, Tolima y Valle del Cauca. En el laboratorio extrajo el ADN de los patógenos y diseñó una prueba especializada capaz de reconocer de manera precisa la infección causada por ellos.

Para comprobar su eficacia, inoculó en vivero 25 plántulas de cacao y aguacate con Lasiodiplodia y Ceratocystis y siguió de cerca la evolución de la enfermedad durante varios días, comparándolas con otras plantas sanas. Aunque por fuera los árboles infectados parecían saludables, los tallos mostraban necrosis y señales claras del daño interno.

La nueva técnica demostró capacidad de detectar los hongos incluso en cantidades muy pequeñas, y, gracias a su alta sensibilidad, diferenciarlos de otros organismos presentes en el ambiente, reduciendo al mínimo la posibilidad de errores en el diagnóstico.

Según la experta Laverde, “el cambio climático está exacerbando la presencia de estos hongos que, en el caso de Lasiodiplodia, antes podían vivir en el tallo sin generar ningún problema, pero que ahora están encontrando la temperatura ideal para expandirse”.

Además de diseñar la técnica, la investigadora plantea una ruta práctica para que viveros y laboratorios regionales puedan aplicarla en sus procesos. Así, en el futuro los productores no tendrán que depender solo de inspecciones visuales sino que contarán con un método confiable para garantizar que el material que llega al campo esté libre de enfermedades.

“En las regiones faltan centros especializados que puedan llevar a cabo este tipo de técnicas”, señala la magíster.

El impacto económico también resulta evidente. Proteger el cacao y el aguacate es salvaguardar dos motores de la agricultura nacional. El cacao se ha convertido en producto bandera de los programas de sustitución de cultivos ilícitos y en símbolo de calidad internacional, mientras que el aguacate Hass se consolidó como estrella de la agroexportación, con presencia en los mercados de Europa y Estados Unidos.

La innovación, desarrollada en los invernaderos de Agrosavia, llega en un momento crucial. En un mundo donde plagas y enfermedades se propagan con rapidez, Colombia da un paso adelante al crear una herramienta sencilla, rápida y confiable para proteger dos de sus tesoros agrícolas. Más  que un avance técnico, la herramienta representa una esperanza para los productores, que ahora cuentan con un aliado científico para defender sus cultivos, su trabajo y la seguridad alimentaria del país.





lunes, 8 de septiembre de 2025

De la semilla al comedor, la UNAL impulsa una estrategia de economía circular para el bienestar estudiantil

 El aire cambia apenas se cruza el umbral de uno de los 9 invernaderos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL). Mientras afuera está el bullicio del tráfico bogotano, adentro el silencio se vuelve compañía. Entre olor a cilantro y tierra húmeda, estudiantes siembran y cosechan en el “Aula Viva”, espacio donde germina una estrategia institucional de economía circular que conecta formación, investigación y extensión con la producción de alimentos para la comunidad universitaria.

Concebida en 2022 y 2023 como respuesta a la necesidad de aprovechar estos espacios y asegurar soberanía alimentaria para miles de jóvenes, el Aula Viva trasciende hoy lo material y se reafirma como una experiencia de comunidad y memoria, gracias a la decidida gestión y compromiso de la actual administración de la UNAL. 

Así, la siembra de tomate, cebolla, lechuga y arveja forma parte de una oferta que ya no se mide en kilos sino en nutrición y cuidado de la vida universitaria. En más de 30.000 m2, la tierra se convierte en extensión del aula y cada hoja verde narra una historia de comunidad, aprendizaje y sentido de pertenencia.

“El Aula Viva no es solo un lugar para cultivar hortalizas, es un laboratorio con 9 invernaderos donde los estudiantes aprenden a sembrar conocimiento, a cosechar comunidad y a devolverle bienestar a toda la Universidad”, afirma el profesor Nicolás Duarte, de la Facultad de Ciencias Agrarias, encargado de esta estrategia de la UNAL Sede Bogotá.

Por su parte, desde la casa madre del Aula Viva de Saberes Ancestrales, Gloria Inés Muñoz, líder de la Red Intercultural de Saberes Ancestrales y Tradicionales del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (Iepri), resume el papel de la economía circular en una frase: “sembrar no es solo producir, es tejer nación”. 

Sus palabras reflejan que el proyecto no se limita a garantizar comida en los platos, sino que además asegura pertenencia, identidad, y la certeza de que cada hoja cultivada sostiene de alguna manera la vida de quienes pasan por la Universidad.

El latido colectivo del Aula Viva

Entre surcos de tomate, cebolla y arveja, la voz de Samuel Largo, estudiante auxiliar de la Facultad de Ciencias Agrarias, expresa lo que significa este espacio de comunión: “aquí dejamos de ver la agricultura como un cálculo en el tablero y la sentimos en las manos, en la espalda, en el sudor. Es en ese contacto con la tierra donde realmente entendemos lo que significa nuestra profesión”.

En el Aula Viva participa una comunidad estudiantil diversa y masiva: auxiliares, corresponsales, promotores de convivencia y jóvenes de distintos programas se suman diariamente al cuidado de los cultivos. Ellos no solo siembran y riegan, también se encargan de organizar el transporte. 
Sus palabras reflejan que el proyecto no se limita a garantizar comida en los platos, sino que además asegura pertenencia, identidad, y la certeza de que cada hoja cultivada sostiene de alguna manera la vida de quienes pasan por la Universidad.

“Aquí no solo sembramos, también acompañamos cada paso: pedimos insumos, organizamos pedidos, llevamos las canastillas y vemos cómo lo que cultivamos termina en las manos de quienes cocinan para la Universidad. Es bonito sentir que cada tarea, por pequeña que parezca, alimenta a miles de compañeros”, dice Ivonne Lee, estudiante auxiliar de la Facultad de Ciencias Agrarias.

El movimiento es constante, como una respiración colectiva que late entre los invernaderos. Unos siembran, otros riegan, algunos cargan canastillas y otros anotan pedidos, todos unidos en el mismo ciclo de vida que nunca se detiene y avanza hacia otros escenarios del campus.

De la tierra a la cocina

La vida de la huerta no termina en la cosecha. En las cocinas universitarias, manos expertas convierten esas hortalizas  en almuerzos que alimentan a miles de personas. Con mucho amor, el sonido de los cuchillos contra la tabla se mezcla con el aroma del cilantro y el hervor de las ollas. “Es como volver al campo, aunque estemos en medio de la ciudad”, menciona una de las cocineras.

Lo que comenzó como semilla en la tierra se convierte en alimento caliente en el plato, cerrando un ciclo que une a estudiantes y cocineras en la misma apuesta de bienestar.

En el Aula Viva el cuidado nutricional es el hilo que orienta cada decisión. Las hortalizas que se cultivan allí no se planean solo por la facilidad de su cultivo sino porque aportan vitaminas, fibra y frescura, indispensables en la dieta estudiantil. La entrega de tomates, cebollas, lechugas y arvejas se programa con antelación según los menús de los comedores, y los pedidos se organizan con rigurosidad: listas semanales, registros de cantidades y entregas puntuales garantizan que lo que nace de la tierra llegue sin demora al plato.

La estudiante Lee, quien experimenta el Aula Viva como un espacio donde el trabajo de la tierra se mezcla con la crianza y la vida familiar, también experimenta el ciclo de forma integral. Cada día ella revive una dinámica en la que la siembra y la comercialización forman parte de su rutina. Pero más allá de la logística, este espacio se ha convertido en un lugar donde su vida personal y laboral se entrelazan. Sus hijos caminan entre los invernaderos con naturalidad, reconocen los lotes y acompañan el quehacer de una joven soñadora.

Esa escena cotidiana revela el impacto social del proyecto. Los huertos no solo alimentan a los estudiantes, sino que además se convierten en un escenario de crianza, enseñanza y comunidad donde las nuevas generaciones aprenden a valorar la tierra como parte de su vida.

Bienestar que trasciende el aula

El profesor Helver Balaguera, director de Bienestar de la Facultad de Ciencias Agrarias, recuerda que la presencia de tantos jóvenes interesados en esta estrategia le da al proyecto un carácter colectivo que trasciende lo académico. Para muchos, trabajar en los invernaderos también es una manera de sentirse útiles, de encontrar tranquilidad y de generar vínculos más allá del aula tradicional.

La atención de los estudiantes hacia el Aula Viva es constante. Algunos llegan por compromiso institucional, pero permanecen porque descubren en la tierra un refugio contra la presión de la ciudad y una oportunidad para aportar al bienestar de toda la comunidad universitaria. Así, la siembra se convierte en un acto de solidaridad donde cada hora invertida regresa en forma de alimento compartido.

El proyecto no solo alimenta estómagos, también nutre la vida universitaria. Según el profesor Balaguera, “producir alimentos para un semejante es una labor muy noble. Nuestros estudiantes lo hacen con orgullo, se sienten identificados. Muchos confiesan que acuden a los invernaderos a descansar del ruido de la ciudad, a socializar o simplemente a sentirse en el campo sin salir del campus. El bienestar se multiplica en formas visibles e invisibles”.

Entre las manos que cultivan y cocinan también se escuchan acentos de otras latitudes. Yana, estudiante alemana de la Especialización en Diseño, recuerda que para ella fue un “shock cultural” encontrarse con estos espacios, aunque pronto ese asombro se transformó en gratitud. “Me gusta mucho el lugar porque la gente es muy amable y la comida es rica y tradicional”, afirma. Su mirada confirma que en el Aula Viva no solo se siembra alimento, sino que allí germinan hospitalidad, diversidad y un sentido de comunidad sin fronteras.

El círculo se cierra incluso con lo que parece un desecho. Los restos de hojas, tallos y raíces que no llegan a la cocina se llevan a la compostera, un espacio construido hace pocos años detrás de los invernaderos. Allí, la materia se transforma en abono y vuelve a la tierra como alimento para nuevos cultivos. Así no se pierde nada: lo que un día fue descarte se convierte en futuro, recordando que la economía circular no es solo un concepto académico sino una práctica diaria que respira en cada rincón de las aulas vivas.

El sol comienza a caer y las hojas del tomate brillan con un verde intenso. En el aire flota una calma extraña, casi rural, que contrasta con el cemento que rodea el campus. La tierra nutre, los estudiantes siembran, los cocineros transforman y los comedores alimentan. En este ciclo, la economía circular se convierte en un acto colectivo donde la Universidad cultiva no solo alimentos, sino también comunidad, memoria y bienestar.















sábado, 30 de agosto de 2025

“Escudo invisible” prolonga la vida de las rosas colombianas

 Un aliado inesperado, el silicio, podría prolongar la frescura de las rosas que Colombia exporta a Estados Unidos y Europa, al reducir en más del 76 % la botritis, el hongo que marchita y envejece los pétalos tras la cosecha. Este elemento, abundante en el suelo pero poco explorado en la floricultura, logró reducir en más del 76 % la botritis, enfermedad generada por el hongo Botrytis cinerea que marchita y envejece los pétalos tras la cosecha.

El hallazgo del investigador Eduard Machado López, magíster en Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), abre la puerta a una floricultura más competitiva y sostenible para el país. Gracias al silicio, las rosas de la variedad Brighton, de intenso color amarillo, se mantienen frescas por más tiempo en los floreros, lo que reduce pérdidas en exportación y disminuye el uso de fungicidas.

El silicio es el segundo elemento más abundante en la corteza terrestre después del oxígeno. Está presente en rocas, arenas y minerales como el cuarzo, y al disolverse llega al suelo y al agua en forma de ácido monosilícico, que es la forma en la que las plantas lo absorben por las raíces. Sin embargo, no siempre está disponible en la cantidad o en la forma en que la planta necesita para aprovecharlo.

En el municipio de El Rosal –en la Sabana de Bogotá– se concentra gran parte de la producción de flores de exportación; allí el experto López y los profesores Víctor Julio Flórez y Stanislav Magniskiy, de la Facultad de Ciencias Agrarias, trabajaron con la variedad Brighton, conocida tanto por su belleza como por su susceptibilidad al hongo Botrytis cinerea, que cubre los pétalos como un polvo gris y acelera el marchitamiento, generando inicialmente pequeñas manchas traslúcidas.

Para ello aplicaron tres tipos de fertilizantes a base de silicio, unos directamente en las hojas (aplicación foliar) y otros en el suelo (aplicación edáfica), cada 2 semanas hasta lograr 5 aplicaciones en el ciclo productivo. Este producto es conocido por aportar nutrientes a la planta, pero hasta hace poco se estudia para ver cómo influye en el control de este tipo de enfermedades. Las dosis usadas estaban entre 1 ml/l en hojas y 0,08 ml/l en suelo.

Luego compararon estas plantas con otras que no recibieron silicio, con el objetivo de simular lo que hace un cultivador en su día a día, y encontraron que después de 12 días poscosecha la mayoría de los tratamientos en los que se aplicaron los productos con silicio mostraron un 54 % de infección, salvo uno de los productos de silicio que solo presento un 16 % del progreso de la botritis, frente al 92 % encontrado en las rosas en las que no se aplicó el producto.

Estos resultados se encontraron después de simular la travesía de exportación, así: las flores se sometieron a frío y almacenamiento, como si viajaran en avión hacia Estados Unidos o Europa. Después se midieron en laboratorio variables como pérdida de agua en los tallos, respiración del tallo floral, producción de etileno (hormona que acelera el envejecimiento), severidad de la botritis y absorción de nutrientes en el tallo floral.

Rosas que duran más y se enferman menos

El resultado fue contundente: las rosas con silicio en el suelo fueron las más resistentes y pueden llegar a mantener su calidad más de 15 días. Por otro lado, se produjo menos etileno, lo que muestra que su reloj biológico se movió más despacio, y esto hace que su belleza no se pierda al ponerlas en un florero; además perdieron menos agua y se conservaron firmes y frescas.

Y lo más importante: “las rosas tuvieron menos daño por botritis, que puede llegar con la lluvia, el aire o el viento. También absorbieron mejor micronutrientes como manganeso y zinc, fundamentales para fortalecer los tejidos. En palabras sencillas, el silicio les dio un escudo invisible que alargó su vida y mejoró su nutrición”, destaca el magíster.

Colombia es el segundo exportador mundial de flores de corte, y la rosa es la reina de este negocio. Cada año millones de tallos parten de Cundinamarca y Antioquia hacia los mercados internacionales. Según Procolombia –organización encargada de promover el turismo y la inversión extranjera en Colombia–, el sector de la floricultura genera más de 200.000 empleos formales al año en el país, cerca del 60 % a mujeres, y el 50 % de ellas madres cabeza de familia.

En este negocio, que entre enero y febrero de 2024 exportó más de 59.000 toneladas de flores cortadas para fechas como San Valentín, con la rosa como la protagonista, la belleza y la frescura lo son todo, un día extra en la vida del florero puede marcar la diferencia entre vender o perder un cargamento. Si las rosas llegan marchitas, se pierden contratos millonarios.

“Dos de las principales empresas dedicadas a este cultivo ya están implementando el silicio para proteger a las rosas, y todo fue gracias al trabajo que realizamos, con datos y resultados concretos sobre sus beneficios para la poscosecha”, indica el magíster.

Un aliado para una floricultura más verde y competitiva

La investigación también muestra un camino hacia una floricultura más sostenible, pues al fortalecer las defensas naturales de la planta con silicio se puede reducir el uso de químicos como fungicidas cuidando el ambiente; el experto opina que el uso de ese tipo de productos puede ir disminuyendo en los próximos años.

Para entender mejor su innovación pensemos en las rosas como atletas que deben correr una maratón: salir del invernadero en la Sabana de Bogotá, viajar en camiones y aviones refrigerados, y llegar frescas a las florerías de Nueva York, Madrid o Tokio.

Muchas de ellas se agotan en el camino, pierden agua, producen demasiado “estrés” (etileno), se marchitan antes de tiempo o son atacadas por hongos.

En este caso, el silicio funciona como una vitamina de resistencia, prepara a la planta antes del viaje, fortalece sus defensas, regula su respiración y la hace más firme. Así, cuando llega al florero del consumidor, la rosa aún tiene energía para seguir brillando.

Aunque el silicio ya se había estudiado en otros cultivos, esta investigación es pionera en demostrar su efecto directo en la vida poscosecha de la rosa Brighton en Colombia. No se trata solo de producir flores más bonitas en el invernadero, sino de garantizar que esas flores lleguen  intactas al otro lado del mundo. De hecho, ayudaría no solo a la rosa sino a otras flores como los claveles, las orquídeas o las petunias.

Si los productores empiezan a aplicar este “escudo invisible” en sus cultivos, Colombia aseguraría no solo su posición en el mercado global, sino también avanzar hacia una floricultura más verde y responsable.




viernes, 22 de agosto de 2025

Medidor portátil detectaría glifosato de manera más económica

 ¡Así como lo lee! un método más barato y rápido para detectar el que posiblemente sea uno de los herbicidas más polémicos en la erradicación de cultivos ilícitos de Colombia. Aunque está en fase de laboratorio, ya es capaz de detectar concentraciones muy bajas de esta sustancia química en agua, y busca a futuro convertirse en un dispositivo similar a un glucómetro, de fácil acceso y portátil para que cualquier persona lo pueda usar.

El glifosato ha sido objeto de fuertes críticas por sus posibles impactos sobre la salud humana y el medioambiente. Su uso intensivo ha llevado a que se detecte en fuentes hídricas, suelos, alimentos, animales y hasta en el cuerpo de las personas, donde puede acumularse en órganos como el hígado y los riñones. Algunos estudios científicos ya han mostrado que la exposición prolongada al glifosato, incluso en dosis pequeñas, puede provocar daños celulares, alteraciones hormonales y otros efectos tóxicos.

Es más, en 2022 el caso de Yaneth Valderrama fue emblemático en la lucha contra este herbicida, pues esta mujer, que se dedicaba al campo, fue rociada en 1998 con glifosato mientras se realizaba una aspersión contra cultivos ilícitos. El contacto con esa sustancia le provocó un aborto y 6 meses después murió a causa de fallos múltiples en su organismo. Su caso fue citado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos y formó parte del Informe Final de la Comisión de la Verdad.

Justamente la necesidad de tener mejores formas de detectar el glifosato en agua y en suelo fue lo que motivó a Daniela Malaver Amaya, magíster en Química de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), a desarrollar una propuesta innovadora: un sensor electroquímico que, aunque todavía se encuentra en etapa experimental, podría sentar las bases para diseñar un dispositivo portátil, económico y sensible que mida la presencia de glifosato en distintas muestras, desde aguas hasta alimentos.

El instrumento funciona como una especie de glucómetro que mide azúcar en sangre, pero este permite que cualquier persona verifique si hay residuos del herbicida sin depender de laboratorios especializados ni de equipos costosos; hoy los análisis dependen en gran medida de equipos cuyos costos oscilan entre los 30 y los 50 millones de pesos, mientras que la alternativa propuesta por la magíster Malaver costaría aproximadamente 7 veces menos, y arrojaría el resultado en minutos.

Un “sándwich” de materiales para atrapar al glifosato

Para lograrlo, la investigadora trabajó con una estrategia basada en electroquímica, una rama de la química que estudia cómo ciertas sustancias se comportan cuando se les aplica electricidad. Por sí solo el glifosato no genera señales eléctricas fáciles de medir. Sin embargo, tiene una propiedad muy útil, y es que se une fácilmente al cobre formando un complejo químico estable. Ese comportamiento fue la clave para diseñar un sistema de detección indirecta, es decir un método que no mide el glifosato como tal, sino el efecto que este tiene sobre el cobre.

El sensor desarrollado es un pequeño dispositivo que parece una varilla delgada hecha de carbono especial. Para que pueda detectar glifosato en el laboratorio se le añadieron dos capas, primero una película muy delgada de un polímero que conduce electricidad (llamado PEDOT), y luego una capa de cobre. El resultado es algo parecido a un sándwich de materiales que trabajan juntos para captar la presencia del herbicida.

“Cuando este sensor se pone en contacto con una muestra de agua que contiene glifosato, la molécula se une al cobre de la superficie. Esa unión cambia la forma en que el cobre se comporta al recibir electricidad, y así en el laboratorio se aplican pequeños impulsos de potencial al sensor para medir cómo responde la corriente. Si el glifosato está presente la corriente cambia, y con esa señal se puede saber, no solo si hay glifosato, sino también cuánta cantidad hay en la muestra”, agrega la magíster.

Durante los experimentos, realizados completamente en el laboratorio, se probaron soluciones con concentraciones conocidas del herbicida. Los resultados fueron muy alentadores, pues el sensor fue capaz de detectar glifosato en concentraciones tan bajas como 0,029 partes por millón, la cual es menor que la que puede detectar un cromatógrafo especial y costoso para este proceso. Además, el sensor funciona bien tanto en concentraciones bajas como altas, lo que lo hace versátil para diferentes tipos de muestras.

Hacia el final del proyecto, el sensor se probó con agua de pozo simulada, a la que se le había añadido glifosato en el laboratorio. “Aunque no es una muestra de campo real, esta prueba sirve como un primer paso hacia aplicaciones más prácticas, como la detección directa en aguas rurales, ríos o fuentes cercanas a cultivos”, señala.

Hacia un sensor portátil y asequible para todos

Más allá de los datos técnicos, el aporte más importante de esta investigación es la posibilidad de diseñar a futuro un sensor portátil, económico y fácil de usar por cualquier persona. Hoy detectar glifosato requiere equipos sofisticados, reactivos costosos y personal altamente capacitado. Con el enfoque de la magíster Malaver todo eso se reduciría a un dispositivo tan simple como un glucómetro, una herramienta que las comunidades podrían llevar en el bolsillo para verificar la calidad del agua que consumen o del alimento que producen.

Para entender por qué este sensor es tan relevante, vale la pena recordar que el glifosato es una sustancia creada a partir de procesos químicos y no existe en la naturaleza, pero su estructura es similar a otras sustancias que sí se encuentran naturalmente, por lo cual puede entrar en las plantas e impide la producción de ciertas proteínas que ellas necesitan para vivir. Por eso se usa para matar malezas. El problema es que esa misma capacidad puede afectar a otros seres vivos, como animales o personas, sobre todo si el glifosato entra al cuerpo muchas veces o en grandes cantidades.

En Colombia este herbicida se ha usado en cultivos como soya, caña, arroz y maíz, pero también fue muy conocido por las fumigaciones aéreas que se hacían para eliminar cultivos de coca. El glifosato caía desde aviones sobre grandes zonas, pero muchas veces también contaminaba el agua, la tierra y afectaba a las comunidades que vivían cerca; sin embargo, desde el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible se viene trabajando en la prohibición de este tipo de aspersión para la erradicación de cultivos ilícitos.

La investigación se desarrolló en el marco del proyecto “Dispositivos electroquímicos en papel para la determinación de glifosato”, con el apoyo de la Facultad de Ciencias de la UNAL, y contó con el apoyo y la dirección de la profesora Andrea del Pilar Sandoval, del grupo de investigación Electroquímica y Termodinámica Computacional del Departamento de Química, así como del Laboratorio de Electroquímica y Termodinámica Computacional.