lunes, 2 de febrero de 2026

Clima y manejo del cultivo explican por qué la chirimoya no madura igual en Tibacuy

 En este municipio del suroccidente de Cundinamarca la chirimoya no sigue un calendario fijo para alcanzar su madurez. Un estudio de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) mostró que esta prima de la guanábana puede tardar entre 5 y 7 meses en desarrollarse según la temperatura acumulada (12 °C o más) y la disponibilidad de agua, un hallazgo que les permite a los productores ajustar mejor el momento de la cosecha y mejorar la calidad de un cultivo de importancia económica en el país, pero poco estudiado.

En la práctica muchos productores definen el momento de la cosecha a partir de señales visibles como cambios en el color de la cáscara o la separación de las escamas. Sin embargo, el estudio de Javier Leonardo Borbón, magíster en Ciencias Agrarias, evidenció que estos indicadores no siempre corresponden a la madurez real del fruto, pues también pueden estar influenciados por la edad de este o por condiciones ambientales como el calor o la disponibilidad de agua.

“Basarse solo en la apariencia puede llevar a cosechas anticipadas o tardías, con efectos sobre el sabor, la textura y el valor comercial”, señala el investigador.

La chirimoya (Annona cherimola) se cultiva en municipios como Choachí y Tibacuy (Cundinamarca), San Mateo y Chiscas (Boyacá), y en algunas zonas de Antioquia y Nariño, y se hace especialmente a partir de conocimientos transmitidos entre generaciones, con árboles sembrados por semilla y sin un manejo agronómico estandarizado. Muchas veces los árboles forman parte de sistemas agroforestales o crecen dispersos en fincas cafeteras, lo que refuerza su importancia económica y cultural para numerosas familias campesinas.

Según datos oficiales, en 2017 Colombia produjo cerca de 723 toneladas de chirimoya, una fruta reconocida por su pulpa blanca, cremosa y aromática, con un sabor dulce y ligeramente ácido que suele describirse como una mezcla entre plátano, piña, fresa y mango. A pesar de estas cualidades, su producción sigue siendo irregular.

“El estudio busca que los productores cuenten con información más precisa para mejorar sus decisiones de manejo, y con ello la calidad del fruto que llega al mercado”, explica el magíster Borbón, quien realizó entrevistas en San Mateo (Boyacá) y encontró que el precio pagado por costal en las zonas productoras suele ser mucho más bajo que el obtenido en las ciudades, una brecha que se reduciría con fruta de mejor calidad y mayor uniformidad.

Con ese propósito, en una finca de Tibacuy con cerca de 100 árboles de chirimoya, realizó un seguimiento semanal a 12 plantas sembradas por semilla, como ocurre en la mayoría de los cultivos del país. Durante varios meses registró sistemáticamente la aparición de brotes, la floración y el crecimiento del fruto, desde sus primeras etapas hasta la cosecha, lo que le permitió describir con detalle cada fase del desarrollo.

Un crecimiento que depende del clima

Uno de los principales hallazgos del estudio es que la chirimoya no crece a un ritmo fijo. A diferencia de países como España, Chile o Italia, en donde las estaciones marcan el calendario agrícola, en el clima andino –con temperaturas entre 10 y 20 °C– el árbol puede presentar más de un periodo de brotación y floración a lo largo del año.

El trabajo mostró que la maduración del fruto está estrechamente relacionada con la acumulación de calor, medida a partir de días con temperaturas superiores a los 12 °C y con la disponibilidad de agua proveniente de la lluvia o el riego. En Tibacuy, donde la temperatura media ronda los 19 °C, los frutos pueden completar su desarrollo en cerca de 5 meses cuando las condiciones son favorables, o tardar hasta 7 meses en periodos más fríos o secos.

En épocas con menor disponibilidad de agua el árbol prioriza el mantenimiento de sus tejidos y reduce la velocidad de crecimiento del fruto, lo que explica la variabilidad observada. Cosechar antes de tiempo puede afectar el tamaño y el sabor, mientras que hacerlo demasiado tarde puede disminuir la calidad y el precio del producto.

La investigación también evidenció que la polinización es uno de los principales factores que limitan la producción de chirimoya. De forma natural, el proceso depende de escarabajos polinizadores, pero no siempre es eficiente, ya que las partes masculinas y femeninas de la flor maduran en momentos distintos, lo que reduce la probabilidad de fecundación.

El seguimiento mostró que muchas flores no llegan a convertirse en fruto, pero cuando se realizó polinización manual —una práctica poco usada en Colombia— el número de frutos por árbol aumentó significativamente, tal como lo han reportado otros estudios en el exterior. Este resultado confirma que mejorar la polinización puede incrementar el rendimiento del cultivo.

Una guía para mejorar el manejo del cultivo

Otro aporte central del trabajo es la adaptación de una escala agronómica que permite identificar con precisión las etapas de crecimiento de la chirimoya en condiciones andinas colombianas. Esta herramienta, utilizada en otros países, no se había aplicado sistemáticamente en Colombia y permite saber cuánto dura cada fase del desarrollo del árbol y del fruto.

Por ejemplo, la primera fase de crecimiento finaliza entre los 90 y 110 días después de la polinización, un momento crítico en el que la competencia por recursos entre frutos y semillas puede afectar el rendimiento, por lo que el manejo adecuado resulta esencial para evitar pérdidas.

El trabajo del magíster Borbón muestra que conocer cómo crece la chirimoya, cuánto tiempo necesita realmente para madurar y qué factores influyen en ese proceso permite pasar de un manejo basado solo en la experiencia a uno respaldado por datos, mejorando así las decisiones de los productores sin desconocer su conocimiento acumulado.