En este municipio del suroccidente de Cundinamarca la chirimoya no sigue un calendario fijo para alcanzar su madurez. Un estudio de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) mostró que esta prima de la guanábana puede tardar entre 5 y 7 meses en desarrollarse según la temperatura acumulada (12 °C o más) y la disponibilidad de agua, un hallazgo que les permite a los productores ajustar mejor el momento de la cosecha y mejorar la calidad de un cultivo de importancia económica en el país, pero poco estudiado.
En la práctica muchos productores definen el momento de la
cosecha a partir de señales visibles como cambios en el color de la cáscara o
la separación de las escamas. Sin embargo, el estudio de Javier Leonardo
Borbón, magíster en Ciencias Agrarias, evidenció que estos indicadores no
siempre corresponden a la madurez real del fruto, pues también pueden estar
influenciados por la edad de este o por condiciones ambientales como el calor o
la disponibilidad de agua.
“Basarse solo en la apariencia puede llevar a cosechas
anticipadas o tardías, con efectos sobre el sabor, la textura y el valor
comercial”, señala el investigador.
La chirimoya (Annona cherimola) se cultiva en
municipios como Choachí y Tibacuy (Cundinamarca), San Mateo y Chiscas (Boyacá),
y en algunas zonas de Antioquia y Nariño, y se hace especialmente a partir de
conocimientos transmitidos entre generaciones, con árboles sembrados por
semilla y sin un manejo agronómico estandarizado. Muchas veces los árboles
forman parte de sistemas agroforestales o crecen dispersos en fincas cafeteras,
lo que refuerza su importancia económica y cultural para numerosas familias
campesinas.
Según datos oficiales, en 2017 Colombia produjo cerca de 723
toneladas de chirimoya, una fruta reconocida por su pulpa blanca, cremosa y
aromática, con un sabor dulce y ligeramente ácido que suele describirse como
una mezcla entre plátano, piña, fresa y mango. A pesar de estas cualidades, su
producción sigue siendo irregular.
“El estudio busca que los productores cuenten con
información más precisa para mejorar sus decisiones de manejo, y con ello la
calidad del fruto que llega al mercado”, explica el magíster Borbón, quien
realizó entrevistas en San Mateo (Boyacá) y encontró que el precio pagado por
costal en las zonas productoras suele ser mucho más bajo que el obtenido en las
ciudades, una brecha que se reduciría con fruta de mejor calidad y mayor
uniformidad.
Con ese propósito, en una finca de Tibacuy con cerca de 100
árboles de chirimoya, realizó un seguimiento semanal a 12 plantas sembradas por
semilla, como ocurre en la mayoría de los cultivos del país. Durante varios
meses registró sistemáticamente la aparición de brotes, la floración y el
crecimiento del fruto, desde sus primeras etapas hasta la cosecha, lo que le
permitió describir con detalle cada fase del desarrollo.
Un crecimiento que depende del clima
Uno de los principales hallazgos del estudio es que la
chirimoya no crece a un ritmo fijo. A diferencia de países como España, Chile o
Italia, en donde las estaciones marcan el calendario agrícola, en el clima
andino –con temperaturas entre 10 y 20 °C– el árbol puede presentar más de
un periodo de brotación y floración a lo largo del año.
El trabajo mostró que la maduración del fruto está
estrechamente relacionada con la acumulación de calor, medida a partir de días
con temperaturas superiores a los 12 °C y con la disponibilidad de agua
proveniente de la lluvia o el riego. En Tibacuy, donde la temperatura media
ronda los 19 °C, los frutos pueden completar su desarrollo en cerca de 5
meses cuando las condiciones son favorables, o tardar hasta 7 meses en periodos
más fríos o secos.
En épocas con menor disponibilidad de agua el árbol prioriza
el mantenimiento de sus tejidos y reduce la velocidad de crecimiento del fruto,
lo que explica la variabilidad observada. Cosechar antes de tiempo puede
afectar el tamaño y el sabor, mientras que hacerlo demasiado tarde puede
disminuir la calidad y el precio del producto.
La investigación también evidenció que la polinización es
uno de los principales factores que limitan la producción de chirimoya. De
forma natural, el proceso depende de escarabajos polinizadores, pero no siempre
es eficiente, ya que las partes masculinas y femeninas de la flor maduran en
momentos distintos, lo que reduce la probabilidad de fecundación.
El seguimiento mostró que muchas flores no llegan a
convertirse en fruto, pero cuando se realizó polinización manual —una práctica
poco usada en Colombia— el número de frutos por árbol aumentó
significativamente, tal como lo han reportado otros estudios en el exterior.
Este resultado confirma que mejorar la polinización puede incrementar el
rendimiento del cultivo.
Una guía para mejorar el manejo del cultivo
Otro aporte central del trabajo es la adaptación de una
escala agronómica que permite identificar con precisión las etapas de
crecimiento de la chirimoya en condiciones andinas colombianas. Esta
herramienta, utilizada en otros países, no se había aplicado sistemáticamente
en Colombia y permite saber cuánto dura cada fase del desarrollo del árbol y
del fruto.
Por ejemplo, la primera fase de crecimiento finaliza entre
los 90 y 110 días después de la polinización, un momento crítico en el que la
competencia por recursos entre frutos y semillas puede afectar el rendimiento,
por lo que el manejo adecuado resulta esencial para evitar pérdidas.
El trabajo del magíster Borbón muestra que conocer cómo
crece la chirimoya, cuánto tiempo necesita realmente para madurar y qué
factores influyen en ese proceso permite pasar de un manejo basado solo en la
experiencia a uno respaldado por datos, mejorando así las decisiones de los
productores sin desconocer su conocimiento acumulado.







