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miércoles, 29 de julio de 2026

Vainilla del Pacífico colombiano florece con impulso de la UNAL

Hace apenas 15 años que Colombia empezó a escribir su propia historia alrededor de la vainilla (Vanilla planifolia), la orquídea trepadora que produce uno de los aromas y sabores más apreciados del mundo. Desde entonces, profesores de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) y comunidades del Pacífico han identificado 9 especies silvestres entre las selvas de Guapi (Cauca) y Bahía Solano (Chocó), un hallazgo que hoy impulsa nuevas apuestas para su cultivo y aprovechamiento sostenible.

Ese conocimiento abrió el camino para que investigadores de la UNAL Sede Palmira y miembros de la comunidad sembraran 20 plantas de esta especie —la más comercial y apetecida del mundo— en la reserva La Primavera, ubicada en el municipio de San José del Palmar (Chocó), en donde confluyen la selva húmeda del Pacífico y los ecosistemas andinos, condiciones que favorecerían el desarrollo de este cultivo.

La siembra forma parte del proyecto “Plan piloto de establecimiento de Vanilla planifolia en ecosistemas de transición Andes-Pacífico”, liderado por la Fundación Ecológica PASS, con el cual se busca evaluar el comportamiento de la especie en un territorio que combina la alta pluviosidad del Pacífico, el clima tropical, la influencia de la cordillera de los Andes y una gran diversidad de bosques naturales, y también fortalecer su propagación y potencial productivo.

La iniciativa surgió de un trabajo conjunto entre la UNAL y la Unidad Municipal de Asistencia Técnica Agropecuaria (Umata) de San José del Palmar. “Con ellos nació la idea de evaluar cómo se comporta la vainilla en estas condiciones ambientales. Conseguimos el material vegetal en Tumaco y nos desplazamos por tierra hasta San José del Palmar para realizar la plantación piloto en la finca de un habitante de la zona”, explica el profesor Joel Tupac Otero Ospina, líder del Grupo de Investigación en Orquídeas, Ecología y Sistemática Vegetal de la UNAL Sede Palmira.

Cientras en México, Madagascar y China —tres de los principales productores de vainilla del mundo— el cultivo presenta un crecimiento más lento, con hasta 3 años antes de la primera floración y otros 9 meses para que aparezcan los frutos, las condiciones de humedad, la riqueza hídrica y el clima tropical del suroccidente colombiano permiten que las plantas produzcan sus primeros frutos en unos 20 meses.

Dicho potencial se empezó a evidenciar hace 15 años, cuando durante una expedición por las selvas del Pacífico el botánico González, junto con miembros de la comunidad y el investigador Francisco Molineros, identificó 9 especies de vainilla: Vanilla oroana, V. calyculata, V. odorata, V. bicolor, V. dressleri, V. rivasii (denominada en honor al cultivador Luis Álvaro Rivas), V. trigonocarpa, V. cribbiana y V. planifolia, la especie más comercializada en el mundo.

En la identificación taxonómica también participaron el profesor Otero y otros investigadores de la UNAL.

Tras la siembra, realizada en mayo pasado, el equipo inició un proceso de monitoreo en campo para evaluar la adaptación de las plantas, pues las condiciones de altitud y clima son muy diferentes a las de Tumaco, de donde proviene el material vegetal.

El seguimiento permitirá conocer cómo responde la especie a este nuevo ambiente y determinar su potencial como un cultivo promisorio que genere oportunidades económicas para las comunidades de la región.

La riqueza silvestre de la vainilla en el Pacífico

Según el profesor Robert Tulio González Mina, biólogo botánico de la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la UNAL Sede Palmira, mientras en México —históricamente considerado como el centro de origen de Vanilla planifolia— es necesario recorrer hasta 20 km para encontrar una planta, en el Pacífico colombiano varias especies crecen naturalmente compartiendo un mismo territorio.

Mientras en México, Madagascar y China —tres de los principales productores de vainilla del mundo— el cultivo presenta un crecimiento más lento, con hasta 3 años antes de la primera floración y otros 9 meses para que aparezcan los frutos, las condiciones de humedad, la riqueza hídrica y el clima tropical del suroccidente colombiano permiten que las plantas produzcan sus primeros frutos en unos 20 meses.

Dicho potencial se empezó a evidenciar hace 15 años, cuando durante una expedición por las selvas del Pacífico el botánico González, junto con miembros de la comunidad y el investigador Francisco Molineros, identificó 9 especies de vainilla: Vanilla oroana, V. calyculata, V. odorata, V. bicolor, V. dressleri, V. rivasii (denominada en honor al cultivador Luis Álvaro Rivas), V. trigonocarpa, V. cribbiana y V. planifolia, la especie más comercializada en el mundo.

En la identificación taxonómica también participaron el profesor Otero y otros investigadores de la UNAL.

A partir de ese hallazgo, en 2016 la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación (Swissaid), en alianza con consejos comunitarios, asociaciones de productores y universidades, puso en marcha un plan de acción en Chocó para impulsar el cultivo de vainilla como una alternativa de ingresos para comunidades indígenas y afrodescendientes. La iniciativa incluyó capacitaciones sobre el manejo del cultivo y pasó de reunir 18 productores en sus inicios a más de 200 en la actualidad.

Hoy algunas comunidades del Chocó no solo comercializan la vainilla, sino que también elaboran extractos, jabones, repelentes y otros productos con valor agregado, fortaleciendo así la economía local y promoviendo la participación de las nuevas generaciones.

Además de su potencial económico, la vainilla se cultiva en sistemas agroforestales y no en monocultivos, por lo que requiere árboles que le sirvan de soporte y favorece la conservación del bosque. A ello se suma que su producción no requiere pesticidas ni fertilizantes químicos, una característica que contribuye al cuidado del medioambiente.







miércoles, 18 de junio de 2025

Método colombiano reduce a menos de 5 días el secado del café

 En Colombia producir café casi siempre implica la misma rutina: despulpar el grano, lavarlo con abundante agua limpia y luego secarlo al sol. Así se ha hecho por generaciones. Pero un joven ingeniero de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) demostró que es posible hacerlo de otra forma: sin agua, sin despulpar y en mucho menos tiempo. En su investigación, logró secar el grano completo —como fruta entera—, conservar su calidad sensorial y reducir el tiempo de secado de hasta 20 días a menos de 5.

El método se conoce como café natural. Aunque poco utilizado en Colombia, es común en países como Brasil, Etiopía o Indonesia. La diferencia fundamental está en que, en vez de quitar la cáscara del fruto y lavar el grano antes del secado, se deja secar la cereza entera, tal como se recoge de la planta. A simple vista puede parecer un paso atrás en el proceso, pero detrás de esta decisión hay razones técnicas, ambientales y económicas poderosas.

Por un lado, el proceso convencional colombiano suele consumir enormes cantidades de agua. Según Nicolás García Rodríguez, magíster en Ingeniería - Ingeniería de Biosistemas de la UNAL, por cada kilo de café pergamino seco se pueden gastar hasta 40 litros de agua, que, una vez usada, arrastra residuos del mucílago, la pulpa y los azúcares del fruto, generando las llamadas aguas mieles, que muchas veces terminan en ríos o suelos sin tratamiento. Aunque invisible para muchos, pues no hay cifras claras y concretas, el impacto ambiental de esta práctica es profundo y persistente.

Por otro lado, el café natural bien procesado puede ofrecer algo que el lavado no siempre logra: sabores más intensos, afrutados y complejos, que abren la puerta a nuevos nichos de mercado y a precios más altos por taza. Sin embargo, secarlo correctamente no es sencillo, pues al mantener la cáscara, el grano tarda más en perder humedad y es más propenso a dañarse por hongos o insectos. Además, en muchas regiones colombianas la época de cosecha coincide con la temporada de lluvias, lo que hace casi imposible secarlo al sol sin correr grandes riesgos.

Frente a ese panorama, el investigador García decidió intervenir desde la ingeniería, con una propuesta clara: controlar el secado con precisión, reducir su duración y asegurar la calidad del grano.

Un secador controlado reemplaza al sol

El estudio se desarrolló en el Laboratorio de Poscosecha de la Facultad de Ingeniería, donde el magíster utilizó un secador de convección forzada, máquina que impulsa aire caliente de forma controlada a lo largo de las capas de grano, una tecnología que reemplaza al sol, pero con mayor uniformidad, velocidad y seguridad.


Durante varios meses, el investigador recolectó café de las variedades Caturra y Colombia en fincas de Ibagué (Tolima) y Anolaima (Cundinamarca), respectivamente. Luego sometió los frutos a  distintos tratamientos de secado, combinando dos temperaturas: 45 y 55 °C, y dos niveles de flujo de aire: 35 y 46 pies cúbicos por minuto (ft³/min). Su objetivo era encontrar la combinación ideal para reducir la humedad del grano sin alterar sus cualidades sensoriales.

En cada lote se midieron variables como la actividad de agua (fundamental para mantener la actividad microbiana y fúngica controlada luego del secado), el pH (relacionado con la acidez), los grados Brix (indicador del dulzor), el color del grano, y por supuesto el sabor final, evaluado por catadores expertos.

“El café secado a temperaturas más bajas y menor flujo de aire conservó mejor sus propiedades. Obtuvo puntajes altos en la prueba de taza y presentó perfiles sensoriales afrutados, con buena acidez y dulzura”, explica el investigador.

Además, el secado, que normalmente toma entre 15 y 20 días al sol, se redujo a menos de 100 horas, es decir menos de 5 días.

Pero el trabajo no se quedó en el Laboratorio, sino que el magíster García también aplicó herramientas matemáticas para simular el proceso de secado en computador. Utilizando ecuaciones ajustadas a sus datos reales, encontró modelos predictivos capaces de anticipar cómo se comportará el grano bajo distintas condiciones. Esto permitirá en el futuro que cualquier productor pueda prever los resultados antes de iniciar el secado, evitando pérdidas y optimizando recursos.

Las implicaciones de esta propuesta son múltiples. Por un lado, promueve una caficultura que usa menos agua y contamina menos; abre la puerta a nuevos productos con identidad propia, capaces de competir en el exigente mercado de cafés especiales; y ofrece a pequeños y medianos caficultores una alternativa para diversificar su producción, modernizar sus procesos y aumentar sus ingresos sin renunciar a su tradición.

La investigación, dirigida por el profesor Robinson Osorio Hernández, de la Facultad de Ingeniería de la UNAL, demuestra que el futuro del café colombiano no depende solo del sol ni del saber heredado, sino también de la ciencia, la tecnología y la capacidad de innovar sin perder las raíces. Secar el café entero sin lavarlo no solo es posible: puede ser una oportunidad para las fincas, los jóvenes rurales, el medioambiente y un país que aún tiene mucho por aprender del saber campesino.






lunes, 20 de enero de 2025

Bacteria que “secuestra” cadmio, la nueva aliada del cacao colombiano

 El cadmio presente en los suelos y rocas genera preocupación mundial por sus efectos tóxicos en la salud humana cuando se consume en el agua y los alimentos agrícolas; en las plantaciones de cacao es donde más se ha reportado la filtración de este elemento. En respuesta a este problema se evidenció que la bacteria Bacillus subtilis, que habita en suelos y raíces, reduce la absorción del metal pesado en las plantas, con lo cual se garantizaría un cultivo más saludable y seguro, que cumpla con los requisitos de exportación internacional.

Aunque el cadmio es un metal pesado presente de forma natural en suelos y rocas, especialmente en terrenos volcánicos, cuando actividades como la explotación petrolera o la minería entran en contacto con ciertas profundidades pueden liberar metales como cadmio, arsénico, plomo y mercurio, contaminado el agua o facilitando su absorción por las raíces de las plantas.

La ingeniera de Procesos Alejandra Burgos, magíster en Biotecnología de de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), explica que “el cadmio es un metal xenobiótico, es decir ajeno para los seres vivos, y no cumple un rol biológico. A diferencia del zinc, que es esencial para nuestro organismo en concentraciones adecuadas, el cadmio, independientemente de su concentración, genera una toxicidad en el cuerpo o en cualquier ser vivo”.

¿Por qué es un problema?

Según la Agencia para Sustancias Tóxicas y el Registro de Enfermedades (ATSDR), de Estados Unidos, este elemento consumido en altas concentraciones, a través de los alimentos o el agua, puede causar irritación grave del estómago, vómitos o diarrea. Además, ingerir niveles de cadmio más bajos durante un período prolongado puede producir acumulación en los riñones, lo que se traduce en problemas renales, óseos y cardiovasculares.

La preocupación por este metal se ha incrementado en la producción de cacao, ya que se puede encontrar en los productos derivados como el chocolate, poniendo en riesgo tanto la salud de quienes lo consumen como su exportación hacia mercados con regulaciones estrictas, como el Reglamento 488/2014 de la Unión Europea, el cual establece que solo se aceptan productos con niveles de cadmio inferiores a 0,8 miligramos por kilo (mg/kg) en chocolates con más del 50 % de cacao, o de 0,10 mg/kg en chocolates con menos del 30 % de cacao. Además del cacao, este metal se ha detectado en cultivos como arroz, maíz y frijol.

Bacteria del mismo ecosistema

El estudio de la UNAL analizó la capacidad de la bacteria Bacillus subtilis para resistir y manejar el cadmio en diferentes concentraciones presentes en plantas de cacao. “Sorprendentemente mostró una notable resistencia en concentraciones de 2, 5 y 10 mg/kg; al ser inoculada en las raíces del cacao, forma una barrera biológica capaz de ‘secuestrar’ el cadmio”, precisa la ingeniera.

Añade que “es probable que, al acumular el metal en su pared celular, la bacteria evite que se disperse dentro de la planta; los polisacáridos segregados por la bacteria también podrían atrapar el metal, inmovilizándolo en el suelo”.

Para las pruebas realizadas en plántulas de cacao se usaron muestras de suelo del municipio de San Vicente de Chucurí (Santander), que por ser un epicentro cacaotero ya había mostrado altos contenidos de cadmio en estudios previos.

“Con el uso de la bacteria observamos una notable disminución de cadmio –que cuando es absorbido llega a las hojas y frutos del cacao–, lo cual fue posible estudiando cambios en el diámetro y la longitud del tallo, el número de hojas y de clorofila más abundante”, detalla.

Las plantas tratadas con la bacteria no solo crecieron más, sino que además presentaron hojas más verdes y sanas. “Encontramos que el cacao con Bacillus subtilis tenía mayor concentración de clorofila, lo que mejora el desarrollo de la planta”, comenta la investigadora. Este hallazgo es crucial, ya que el cadmio puede provocar clorosis, una enfermedad que vuelve las hojas transparentes y disminuye la capacidad fotosintética de la planta.

Aunque eliminar el cadmio por completo es difícil, esta solución apunta a hacerlo menos disponible para las plantas, reduciendo su absorción. El hallazgo se postula como un primer acercamiento para desarrollar más adelante un biofertilizante que incorpore la bacteria y cuyo uso sea más práctico para los cacaocultores.

“Queremos que sea un producto asequible y fácil de usar, ya que el estudio se hizo sin controlar el ambiente de la planta para tener un acercamiento más real a los cultivos”, señala la investigadora. Además, el equipo explora cómo se podría aplicar esta misma tecnología a otros cultivos como el arroz y el maíz, afectados por metales pesados como el plomo y el cromo, entre otros.





viernes, 8 de noviembre de 2024

Preservar el queso de hoja, una apuesta por la gastronomía y el futuro rural colombiano

 Además de ser nutritivo y ecoamigable, este queso fresco, que se envuelve en hojas de plátano, representa una importante fuente de ingresos para cientos de familias rurales de Arcabuco (Boyacá), muchas de ellas con mujeres como cabeza de hogar. Por eso es esencial fortalecer las prácticas tradicionales alrededor de este alimento, básico para asegurar la sostenibilidad de la producción y su impacto positivo en la economía campesina y la soberanía alimentaria del país.

El químico de alimentos Óscar Iván Carrillo Gómez, estudiante de la Maestría en Seguridad Alimentaria y Nutricional de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Orinoquia, relata que este queso se elabora de manera artesanal y juega un rol fundamental en la economía de esta región, donde más del 60 % de la población es rural.

“Este alimento que forma parte de una tradición de más de 50 años es parte esencial de la economía local, especialmente para las mujeres cabeza de familia, quienes representan la mayoría de los productores”, afirma el estudiante Carrillo.

Pese a su importancia cultural y económica, el queso de hoja enfrenta retos significativos debido al estigma asociado con su envoltura natural en hojas de plátano.

“Es común que los consumidores prefieran productos envueltos en plástico, a pesar de que este material tiene un impacto ambiental negativo. Las hojas de plátano son un recurso natural y biodegradable, que además protege el queso sin comprometer su calidad”, explica el investigador. Por lo que la reciente prohibición del plástico de un solo uso en Colombia, abre una oportunidad para revalorizar esta envoltura tradicional.
Además de ser un alimento nutritivo con altos aportes proteicos, el queso de hoja es un símbolo de la identidad gastronómica boyacense. Sin embargo, la crisis láctea en el departamento ha afectado la producción de leche, y por ende el acceso a productos derivados.

El químico de alimentos sugiere que “en vez de desperdiciar leche, se debería promover su transformación en productos como el queso de hoja, que tiene un consumo directo y una alta aceptación en las familias colombianas. Este queso es una forma efectiva de darle valor a la leche que de otro modo se perdería”.

Aportaría al turismo gastronómico

El estudio se centró en las 11 pequeñas y medianas productoras de queso de hoja identificadas en Arcabuco; además de resaltar la necesidad de asociatividad, para acceder a programas del Estado, ya que ellos han venido trabajo de manera independiente y sin apoyo gubernamental, también subraya la importancia de fortalecer el turismo gastronómico en la región, para lo cual considera importante tener en cuenta la experiencia de éxito del queso Paipa, el único de su tipo con denominación de origen, estatus otorgado por el Gobierno colombiano.

“Aunque el queso de hoja no es tan popular como el Paipa, tiene el mismo potencial de atraer a turistas que buscan experiencias auténticas y sabores tradicionales. Se podría pensar en su incorporación en la alta gastronomía, como ha ocurrido con otros quesos locales”, menciona el investigador.

Un aspecto crucial identificado en el estudio es el valor social de la producción de queso de hoja, que trasciende lo económico. Este proceso es heredado de generación en generación, con técnicas que datan de la época colonial, cuando la hoja de plátano se utilizaba como envoltura natural.

“El queso de hoja es más que un alimento; es un símbolo de resistencia cultural y adaptación que ha sabido mantenerse a lo largo de los años”, destaca.

Se debe apostar por iniciativas tradicionales

En su investigación, el estudiante Carrillo propone vincular las iniciativas gubernamentales que respalden la preservación de tradiciones, como la Ley 2046, que incentiva la compra de productos locales por parte del Estado para fortalecer la economía campesina.

“Urge implementar políticas que garanticen el acceso de los pequeños productores a mercados formales, sin perder su identidad artesanal, pero esto solo se puede lograr si el ente se acerca y se involucra más con los productores”, añade.

Un reto pendiente es eliminar el estigma que rodea la producción artesanal. Al respecto menciona que, aunque el proceso de amasar y retirar el suero sigue siendo manual, los productores han implementado mejoras como el uso de acero inoxidable en sus centros de producción, lo que ha elevado los estándares de buenas prácticas sin perder la esencia de la tradición. “El objetivo es demostrar que este queso no solo es seguro, sino que además tiene un enorme valor nutricional y cultural”, concluye.






miércoles, 26 de junio de 2024

Diversidad del maíz colombiano se amplía con la caracterización de nuevas razas

 En un avance para la botánica y la agricultura, investigadores de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Palmira ampliaron la colección de maíces nativos del país, que pasó de 23 a 42 razas descritas. Entre los materiales reconocidos como nuevas razas están el Berrendo y el Huevito con sus granos multicolores; el Rojo Sureño, Rojo del Valle y Sangre de Toro, de granos rojizos; el Negro de Tabanok y el Negro Peruano, todos con potencial nutraceútico, por su elevado contenido de antioxidantes.

El maíz es un alimento profundamente arraigado a la cultura y economía de las comunidades étnicas de América, por eso el aumento en el número de razas en Colombia, además de revelar una valiosa variabilidad genética que enriquece el patrimonio biocultural y fortalece la soberanía y la seguridad alimentaria del país, permite la adaptación de los cultivos comerciales al cambio climático, ya que estas semillas criollas poseen genes esenciales para enfrentar enfermedades y condiciones climáticas extremas.

La primera recolección de maíz realizada en los años 50 por un equipo internacional de investigadores daba cuenta de 23 razas que se agruparon en 3 grandes categorías: (i) las “razas primitivas”, que son plantas bajas, relativamente precoces, con granos cristalinos y pequeños, tipo reventón; (ii) las “probablemente introducidas”, provenientes del germoplasma de otros países, y (iii) las “híbridas colombianas”, resultantes de procesos de hibridación o cruces.

Retomando este legado, en 2007 el Grupo de Investigación en Recursos Fitogenéticos Neotropicales (GIRFIN) de la UNAL Sede Palmira, liderado por la profesora Creuci María Caetano, con el apoyo del Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), inició la expedición por el país para investigar las razas de maíz colombianas y analizar si disminuyeron o aumentaron en número y diversidad genética, o si las prácticas culturales asociadas con su cultivo se habían mantenido o deteriorado.

Ese mismo año también repatriaron 66 accesiones o materiales que estaban depositados en el Banco de Germoplasma del Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) en México, lo que les permitió obtener 22 razas de las 23 descritas, un proyecto que, además de consolidar la colección biológica, generó un buen número tanto de trabajos de grado y tesis de maestría y doctorado como de publicaciones científicas. Sin embargo, allí no estaban todas las razas colombianas disponibles.

“Determinamos que había más razas de las identificadas inicialmente y que ese número había aumentado de forma significativa; incluso el estudio del ADN cloroplástico fue fundamental para discriminar no solo 3 grupos raciales, sino 4; de 23 hoy tenemos 42 razas, además de variedades locales y una nueva categoría que proponemos”, destaca la investigadora Caetano. La cuarta categoría propuesta se denomina “razas híbridas colombianas strictu sensu”.

Al mismo tiempo notaron que la recolección de maíces se extendía en casi todos los departamentos del país, especialmente de las cordilleras, desde la Sierra Nevada de Santa Marta y a lo largo de los Andes, lo que permitió ampliar la colección biológica.

Este trabajo involucró el uso de sistemas de información geográfica para mapear las áreas en donde se realizaron las primeras recolecciones en los años 50, ajustando la búsqueda a los cambios en el uso del suelo y la urbanización, y también se enfocó en áreas rurales y de conservación donde todavía se cultivan y en comunidades que han mantenido sus prácticas agrícolas tradicionales.

La profesora Amanda Ortiz Escobar, del GIRFIN, indica que “después de la colecta se hace una caracterización morfológica para conocer qué tenemos, luego se hacen evaluaciones morfo-agronómicas para analizar el comportamiento de cada planta en términos de producción, resistencia a enfermedades y adaptabilidad a diferentes condiciones climáticas; también se adelantaron caracterizaciones con marcadores moleculares en algunas razas. Los marcadores moleculares son fragmentos de ADN que sirven para identificar y rastrear genes específicos en un organismo, ayudando a estudiar su variabilidad genética y sus características”.

Precisamente, el magíster en Ciencias Biológicas José René Jiménez Cardona, quien participó en el proyecto con su tesis sobre caracterización de las razas criollas e indígenas de maíz colombiano por medio de marcadores moleculares SSR, explica que “las razas recolectadas van desde los 0 hasta los 1.800 msnm (consideradas como tierras bajas) y por encima de los 1.800 msnm (tierras altas), muestran una sorprendente diversidad morfológica y agronómica, y están asociadas con la historia y cultura de un grupo étnico diferente”.

Actualmente las 42 razas de maíz están almacenadas en condiciones que aunque no son las ideales, sí aseguran su viabilidad en el Laboratorio de Biología de la UNAL Sede Palmira. El próximo paso será continuar con la caracterización morfológica y molecular de todas las razas descritas.







viernes, 3 de mayo de 2024

Cacao colombiano podría ser tan exitoso como el café, ¿cómo?

 La cacaocultura colombiana afronta retos de productividad y rentabilidad, ya que es un cultivo de ciclo largo, es decir que tarda hasta 5 años en dar frutos. No obstante, investigaciones demuestran que es posible pasar de 500 kilos a 5 toneladas de frutos por hectárea, mediante injertos y trabajando con individuos de menor tamaño. La información está detallada en Ciencia para la cacaocultura, libro que desmiente algunos mitos y actualiza la información disponible para los agricultores.

Aunque Colombia tiene una gran tradición cacaotera, pues el cacao es un cultivo nativo e históricamente utilizado por los aborígenes, actualmente se produce y comercializa poco. Según la Federación Nacional de Cacao (Fedecacao), de los 5 millones de toneladas que se cosechan en el mundo, Colombia solo aporta 60.000 toneladas.

Aun así, por sus características de sabor y aroma, el cacao colombiano tiene tanto potencial como el café. “Para que eso suceda existen retos por superar, como el aumento del rendimiento, la renovación de los cacaotales envejecidos, y, muy especialmente, entender y conocer en detalle el funcionamiento del árbol para mejorar la productividad y la calidad”, señala la profesora Edna Ivonne Leiva Rojas, adscrita a la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Medellín.

A partir de este contexto, y con el fin de acercar a los agricultores a los resultados de más de 15 años de investigación, la profesora Leiva presentó el libro Ciencia para la cacaocultura en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo) 2024, publicación que se aproxima a temas como la física de suelos y la arquitectura del árbol.

“Allí explicamos asuntos prácticos relacionados con la flor, por ejemplo, que es muy difícil de polinizar porque no tiene aroma; tanto es así, que de las 20.000 a 100.000 flores que se producen al año, solo el 1 % son polinizadas”, señala la experta.

También ahonda en la necesidad de que los árboles productivos sean más pequeños de lo que son en vida silvestre, en donde pueden alcanzar de 15 a 20 m de altura.

“Este es un cultivo de ciclo largo: pueden pasar hasta 5 años antes de obtener frutos, por eso es de rentabilidad difícil, de ahí la importancia de estudiar su arquitectura. Si fueran árboles más pequeños, injertados o clonados, y con ramas más bajas, su manejo sería más sencillo”, señala la docente Leiva.

El cacao tiene un potencial de alto rendimiento: normalmente se producen 500 kilos por hectárea. “Sin embargo, en nuestro trabajo hemos logrado un potencial mayor: 5 kilos de semillas por árbol, así pasamos de 1/2 a 5 toneladas por hectárea”, agrega.

En ese sentido hay algunos asuntos clave en la forma de sembrar: “tenemos que mirar por dónde brota la semilla y poner esa parte hacia abajo, porque si no el brote da la vuelta y se tuerce, dando  como resultado árboles muy grandes y ‘acostados’, con la raíz torcida, sin anclar bien y con probabilidades de tener rotura de tejido en la base”, explica la docente.

Cultivo noble y adaptable

La investigadora –con la colaboración de estudiantes de pregrado y posgrado, y colegas– encontró cacao en todo tipo de suelos: francos (compuesto por partículas de distintos tamaños, siendo las más grandes similares a la arena de la playa), arenosos, secos, agrietados y arcillosos; y con respecto a la temperatura óptima se halló que la mínima que resiste la planta son 18 °C, con 14 °C no “trabaja”, y a los 12 °C se congela.

Así mismo, desmiente uno de los muchos mitos sobre el cacao: “se creía que por ser originario de la selva amazónica requería de sombra para crecer, y eso no es cierto, ya que algunos genotipos trabajan mejor con más luz, y el que menos requiere recibe hasta 400 paquetes de fotones. También descubrimos que el fertilizante se debe aplicar a 60-70 cm del tronco y no donde termina la circunferencia de la copa, pues ahí las raíces se podrían tocar con las de otro árbol”, continúa.

Otro detalle importante: el cacao sería un cultivo aliado en la lucha contra el cambio climático, pues fija dióxido de carbono (CO2), además, cuando sus hojas maduras caen forman un colchón en el suelo, lo que disminuye la pérdida de agua y mantiene más baja la temperatura, por lo que sería un dispositivo de bonos de carbono, es decir que los campesinos podrían recibir pagos adicionales por disminuir la presencia de dicho gas de efecto invernadero en la atmósfera, donde se puede volver perjudicial.

“Los libros publicados hasta 2000 hablaban de un tipo de cacao y de una sola forma de sembrarlo. Nosotros proponemos algo distinto, menos demorado y menos riesgoso, produciendo frutos injertos, de distintos colores y tamaños.

 En Ciencia para la cacaocultura se condensan muchos estudios y resulta fundamental, ahora más que nunca frente a la crisis climática, los cambios de temperatura, las lluvias o la disponibilidad de la luz”, concluye la profesora Leiva.