Más de 1.000 huertas colectivas, algunas de ellas ubicadas en las aulas vivas de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) y en el ecobarrio La Esmeralda de Bogotá, están transformando la relación de los habitantes con la comida, contribuyendo a la salud mental, social y nutricional de sus participantes, señalan los resultados del proyecto “Impactos de las huertas colectivas en la educación y los hábitos alimentarios”, adelantado por la UNAL.
Dichos espacios de cultivo gestionados por las comunidades
son compartidos por varias personas y todas participan para sembrar y cuidar
plantas como hortalizas, frutas o hierbas, por lo que se han convertido en
escenarios fundamentales para fomentar hábitos alimentarios más saludables
capaces de promover un entorno de bienestar integral.
Según el profesor Álvaro Parrado Barbosa, del Departamento
de Nutrición Humana de la Facultad de Medicina, “las huertas colectivas
permiten el desarrollo de múltiples aspectos sociales y humanos necesarios para
el fortalecimiento del tejido social. La participación ofrece beneficios que van
más allá de la alimentación; por ejemplo las personas experimentan mejorías en
su salud emocional y física, y encuentran en la agricultura una vía para
fortalecer las relaciones interpersonales y crear redes de apoyo y solidaridad”.
El proyecto, que involucra a estudiantes del programa de
Nutrición y Dietética de la Universidad, se desarrolló en 11 huertas
colectivas: 8 ubicadas en las aulas vivas de la UNAL y 3 en el ecobarrio La
Esmeralda. En este se reconoció la relación entre la participación en huertas y
el fortalecimiento de hábitos alimentarios saludables y las mejoras en las
prácticas de selección de productos.
“Los participantes ya saben de dónde vienen las hortalizas,
cómo se producen y cuáles son más sanas, entonces cuando vayan a la tienda
optarán por alimentos más saludables”, señala.
De igual manera, el proyecto aportó para que algunos
estudiantes de la Institución superen su inseguridad alimentaria. “Según un
estudio sobre la situación alimentaria de los estudiantes, realizado por
Bienestar Universitario, entre la quinta y sexta parte de ellos están en
situación de inseguridad alimentaria y nutricional. En este sentido las huertas
colectivas aportan ampliamente a la superación de este problema”, señaló el
docente Parrado.
A pesar de estos beneficios, el impacto en la seguridad alimentaria sigue siendo limitado, pues la producción a pequeña escala no representa una solución para una ciudad como Bogotá, en donde cada día se consumen más de 6.000 toneladas de alimentos, según el Observatorio de Desarrollo Económico de Bogotá (ODEB). Sin embargo, como resalta el profesor Parrado, “para las más de 200 personas involucradas en estas huertas, contar con productos frescos y cultivados localmente contribuye significativamente a su bienestar nutricional”.
Para conocer la visión detallada de esta experiencia se realizaron entrevistas a los líderes de las huertas y a los participantes; también se adelantó una observación de campo que permitió revelar que aunque los cambios no han sido drásticos, los participantes han aprendido a conectar la producción agrícola con su alimentación diaria, lo que les ha permitido consumir alimentos más frescos y nutritivos, pero también entender mejor de dónde provienen y cómo se producen los alimentos que consumen.Barreras legales
Los desafíos normativos siguen siendo un obstáculo
importante para el crecimiento de las huertas colectivas urbanas. Las
restricciones legales, como la prohibición de usar agua del acueducto para la
agricultura urbana, y la falta de una normativa clara que apoye este tipo de
iniciativas, dificultan el desarrollo de proyectos a gran escala.
El docente Parrado explica que “muchas veces las huertas
urbanas operan en un limbo legal, lo que genera incertidumbre y puede llevar a
su desmantelamiento, y por eso es fundamental un cambio normativo que permita y
apoye este tipo de prácticas agrícolas. Si en el ámbito rural existen programas
que apoyan la agricultura, también debe haber un marco institucional y
normativo que fomente la agricultura urbana, por todos los beneficios que puede
traer a la salud pública y al fortalecimiento del tejido social”.
Las huertas colectivas urbanas representan una oportunidad
esencial para reavivar la conexión entre la ciudad y la agricultura. En este
contexto, el profesor Parrado y su equipo de investigación abogan por una mayor
colaboración entre las autoridades locales, el Jardín Botánico y las
comunidades urbanas para visibilizar y consolidar estos proyectos que aún
enfrentan obstáculos normativos y logísticos, pero cuyos beneficios en términos
de salud, bienestar y seguridad alimentaria siguen demostrando su valía.